En camino siempre (II)

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no hay rutas para el amor, el amor nace en el andar diario de cada cual, en la reflexión del alma con el cuerpo, en el estar bien con uno mismo y en el ser desprendido del mercado terrenal. Desvirtuar o adulterar ese carácter de donación, que todos llevamos innato, nos deshumaniza por completo. A este respecto, el peregrino que lo es siempre mientras camina por la tierra; es, ante todo, un latido más de ese orbe que nos embellece y que no puede confundir su misión. Forma parte, formamos parte todos de ese verso, que aglutina ese poema interminable, que nos asciende a la luz, como incienso que nos sube a la presencia celeste. Por eso, es fundamental asumir la nueva mentalidad propuesta por tantos caminos recorridos, que hemos tenido que enmendar, para poder tener prolongación en el tiempo. Al fin y al cabo, si importante es que los pueblos se hermanen, más significativo es que los extraños se familiaricen con la fuerza de la pasión, por vivir y dejar vivir. Pensemos, por tanto, que lo efectivo de la cuestión siempre emana de lo sencillo. Solemos llegar a ello por el camino más complicado. Somos así de necios. Hagamos que todo sea más fácil, pues nuestra obligación es dar rayos de luz, jamás tinieblas, que nos pongan en la maleza y nos recluyan en el camino de la enemistad; puesto que una vida sin amigos, es como un largo transitar en soledad, y esto no conduce a la gloria de sentirnos satisfechos.

Sin embargo, cuando ponemos valor en las cosas conjuntas y perseveramos en la valía del buen conducir y reconducir de comportamientos, la eternidad es nuestra, ya que todo acaba enterneciéndose; y, con la ternura, también cualquiera termina sometiéndose. Nada se derrumba por amor. No hay mayor convicción espiritual para un caminante. La discordia nos deja sin fuerzas para dar un paso más. Es evidente que precisamos equilibrar el poder entre hombres y mujeres, pero también estabilizar entornos y dulcificar actitudes. Desde luego, es tarea de todos recuperar las raíces para observar los cambios en la tierra, despojarse de roles tan arcaicos como consumidores o espectadores, y quedarse con ese rumbo común de peregrinos, realmente sabio, de ponernos al servicio del bien, con el talante de proximidad del buen samaritano, siempre dispuesto a escuchar y a socorrer. Esto implica activar un nuevo espíritu en el peregrinaje de nuestra marcha, un nuevo concebir hecho inspiración, de que existimos mejor sin el dolor y en consorcio. Sea como fuere, nos resta descubrir este pensamiento y aprender a leer nuestros andares. Será un buen modo de rectificar a tiempo, sin duda


En camino siempre (II)