Miserias de la política

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El contraste entre la nutrida presencia de asistentes a la toma de posesión de Félix Bolaños como ministro de la Presidencia y el espectral vacío que rodeo el relevo de José Luis Ábalos en el Ministerio de Transportes lo dice todo acerca de la condición cainita de la política. Hace tan solo una semana, ante Ábalos, a la sazón ministro y secretario de organización del PSOE, se cuadraban en posición servil los mismos que le han hecho el vacío en el día de su marcha.

Es probable que quien tanto se distinguió defendiendo la causa de Pedro Sánchez cuando casi todos le habían abandonado en el partido ahora tenga ocasión de meditar acerca de la ingratitud de aquél a quien había defendido incluso cuando sus decisiones no tenían defensa. La última la de los indultos. Ábalos que al igual que Sánchez se había manifestado en contra, cambio de registro –así que lo hizo su jefe– convirtiéndose en un patético defensor de las medidas de gracia. En su fuero interno le acompañara con sonrojo su teoría del “desempedrado” al que había que someter la reclamación del Tribunal de Cuentas a los cómplices de los sediciosos del “procés”. Un sentimiento, incluso de vergüenza, en el que probablemente coincidirá el también ya exministro Juan Carlos Campo, un magistrado que arruinó su prestigio de jurista poniéndolo al servicio del contorsionismo político de Sánchez para quien le organizó la cobertura legal de los indultos y para el que estaba trabajando en una revisión del Código Penal en la que la pieza clave pasaba por el cepillado de las penas que aparejaría en el futuro el delito de sedición.

Ambos, Ábalos y Campo que recibieron la noticia de su destitución prácticamente al tiempo que se hacían públicas tendrán ahora tiempo para reflexionar acerca de la ingenuidad que supuso confiar en la lealtad de un personaje como Pedro Sánchez que en política no se guía por otro principio que su interés personal. Han sido víctimas de una purga en la que se refleja la frialdad de quien no quiere a su lado a quienes más saben de sus continuos cambios de criterio sobre lo divino y lo humano. Qué tomen nota los nuevos que estos días le proclaman adhesión inquebrantable.

Miserias de la política