Contrastes

Los humanos al principio lucharon solo por la supervivencia. Más tarde fue por el poder, por dominar territorios, pueblos, controlar recursos. De esas sinergias nacieron los primeros imperios. 


Pero como todas las cosas los imperios también tienen un principio y un final; aunque  algunos duraron más que otros. En todo caso, la aceleración o ralentización de lo inevitable depende en buena medida del grado de inteligencia de sus élites. 


La historia nos dice que esa nomenclatura nunca quiere aceptar la realidad. Ocurrió con las élites de Roma. 
En el año 476, cuando el imperio había perdido el poder sobre los territorios occidentales, sus senadores se empeñaban en negar la pérdida. Por lo tanto,  continuaban debatiendo y legislando sobre algo que ya no les pertenecía. 


De los imperios modernos se dice que el Imperio Británico fue el más poderoso. El único con verdadero mando en la plaza mundial. Y aunque hoy los ingleses no poseen ese poder  siguen manteniendo a través de la City de Londres una gran influencia financiera a nivel global. 


En sus días de gloria los ingleses fueron maestros utilizando la vieja estrategia de divide e impera. Aunque fueron varias las causas que produjeron el desmoronamiento del Imperio Otomano, ellos, y otras potencias coloniales europeas de la época, tuvieron mucho que ver en la caída. 

 
Se podría decir que ningún otro pueblo europeo siente tanto orgullo de su pasado colonialista como el inglés. Sus historiadores describieron esa etapa en unos términos cuasi idílicos, de tal manera que silenciaron el lado oscuro que hay en toda colonización, cosa que no hicieron cuando redactaron la historia colonial de sus rivales. 


Más bien amplificaron en ella los desmanes de sus competidores, creando incluso episodios que nunca existieron. Se dice que con la colonización española no tuvieron piedad.  


En todo caso,  la idea de este artículo no es hablar del colonialismo, sino la de comparar ciertas virtudes que poseían las élites políticas y económicas inglesas y de las que carecían las españolas. Carencias que, por otro lado, marcaron el atraso de España durante mucho tiempo.


Las inglesas apoyaban la ciencia, la investigación, el desarrollo, la innovación, financiaban museos, bibliotecas, promovían el  avance industrial del país. Por cierto, es bueno aclarar  que la Revolución Industrial, nacida oficialmente en Inglaterra, ya había dado sus primeros pasos en China unos años antes. Pero ese sería otro tema.


Otra diferencia importante. Las élites inglesas, aunque trabajaban en función de su propio interés, maximizando ganancias, exprimiendo a los trabajadores, que tenían que trabajar 16 horas diarias en edificios inseguros, mugrientos, con poca luz y en régimen de esclavitud,  no es menos cierto que ellas empujaban el desarrollo del país en todas las direcciones. Algo que no hacían las españolas.
Durante la primera industrialización los magnates ingleses llegaron a construir fábricas incluso en pueblos pequeños, aldeas prácticamente. Lo curioso es que ellos, en vez quedarse a vivir en Londres, disfrutando de las comodidades que ofrecía la vida urbana de la época, optaron por mudarse a esas pequeñas poblaciones. 


En ellas construyeron sus viviendas, palacetes en algunos casos, centros culturales, casinos para reunirse, celebrar fiestas de sociedad, bailes. A los que, por cierto, acudían con frecuencia muchachas jóvenes, hijas de pequeños comerciantes o algún terrateniente, con la esperanza de casarse con el hijo de algún poderoso industrial.


En España, excepto en Cataluña, País Vasco y algo en Asturias, lugares en los que hubo un cierto desarrollo industrial, en el resto del país no se produjo ninguna transformación, por lo tanto, se perdió en aquel momento el tren del desarrollo. La II República intentó más tarde cambiar esas cosas. Pero todo acabó como acabó.


Lo cierto es que a nuestras castas nunca les importó demasiado el desarrollo del país. ¡Que inventen ellos! (los extranjeros) dijo Unamuno. Uno cavila que el espíritu del señorito de la novela, “Los santos inocentes”, sigue todavía vivo en ciertos círculos del poder. 


Y quizá también en algunos de los que están abajo.

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