Escritura inclusiva

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Francia ha recomendado prohibir en las aulas el uso de la escritura inclusiva y ha reabierto así en los sistemas educativos de las sociedades europeas el debate sobre el sexismo en el lenguaje, la sexualización de la lengua o la deconstrucción de códigos culturales vigentes hasta ahora.

La circular al respecto del ministro de Educación, Jean-Michel Blanquer, alto funcionario y profesor de francés, se ha basado en que “inventar palabras”, como sucede en el caso que le ocupa con el uso del punto intermedio o mediano para incluir las dos desinencias de género, constituye una aberración.

A su juicio, este tipo de escritura no tiene nada que ver en la lucha contra el sexismo y lo único que hace es obstaculizar la comprensión y el aprendizaje en un idioma no fácil de dominar con corrección y soltura por sus complejas reglas ortográficas y gramaticales. El debate se arrastra desde hace cuatro años.

De “aberración inclusiva” lo tachó en su momento la Academia Francesa. Su actual titular, la veterana Hélêne Carrère (París, 91 años), distingue entre el oficio y el cargo como independiente que éste es del sexo. Ella se autodenomina “secretario perpetuo” de la docta institución y considera el lenguaje inclusivo como una “deformación” del idioma.

De esta manera el dichoso punto sería una muestra no tanto de inclusión como de exclusión, en especial para personas con trastornos de lenguaje y aprendizaje como la dislexia. La verdad es que el sistema resultaba un tanto rebuscado. En vez de escribir, por ejemplo, “parisiens et parisiennes” (parisinos y parisinas) había que escribir “parisien.ne.s”.

El documento oficial recomienda, en consecuencia, otras modalidades como el uso de la feminización de los oficios o su reemplazamiento por otras expresiones que eludan el sesgo expreso de género, como sucede en no pocos países donde “hombre/mujer” de la limpieza ha sido sustituido por “técnico de higiene”. Es sólo un ejemplo.

Aquí entre nosotros la ministro de Igualdad, Irene Montero, se ha inventado un género y con ocasión del reciente día del orgullo gay ha llevado su “todas todos todes” a los carteles oficiales del Gobierno. En alusión, ha dicho, a las personas no binarias y trans, al igual que ya hizo en abril con su “niño, niña, niñe”, “hijo, hija, hije” durante la campaña electoral del partido. Se lió un poco en sus razonamientos al respecto, pero ya se sabe que la finura jurídica y argumental no es el fuerte de la ministro.

Cierto es que la lengua se encuentra en evolución constante; que ya habido cambios en otros momentos y que, por tanto, no resulta inimaginable que vuelva a haber más. Pero quizás lo que más moleste –al menos a mí- es que ello sea debido a servidumbres políticas que llevan al absurdo. Como ese “soldados y soldadas” que sacó a relucir Pedro Sánchez en su visita oficial a Lituania. Ridículo.

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