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Con la llamada Ley Trans, en fase de anteproyecto fletado por el Gobierno, la inefable ministra de Igualdad, Irene Montero, nos da la oportunidad de fustigarnos a quienes estamos irremediablemente empapados de cultura machista y necesitamos un sobreesfuerzo comprensivo sobre la transexualidad.


Sin embargo, no es precisamente un avance de la causa feminista lo que se despacha, al menos en lo que se refiere a la autodeterminación de género. De hecho, lo que en el texto se ofrece como “blindaje de derechos” en los colectivos trans y LGTBI, según la secretaria de Estado de Igualdad, Noelia Vera, es rechazado por buena parte del feminismo:


“Es una ley que traiciona a las mujeres, viola todos nuestros derechos, supone un retroceso de décadas y además no incluye verdaderamente ningún derecho para las personas transexuales, más allá de la libre auto determinación de género”, en palabras textuales de Sonia Gómez, portavoz de la confluencia Movimiento Feminista.


El que subscribe también se atasca en ese vector capital del anteproyecto, el que remite a la posibilidad de Toño pueda ser Toña, o Toña pueda ser Toño, con solo comunicarlo en tiempo y forma al registro civil, sin ningún requisito previo, salvo el de haber cumplido los 16 años.


No se trata de objetar un avance en materia de derechos civiles sino de advertir sobre los riesgos del uso indebido de un texto legal inspirado en ideas progresistas. No es eso, pero al igual que el mencionando colectivo feminista, uno también cree que el anteproyecto (ya veremos como queda el texto definitivo cuando acabe en el BOE) es una invitación al fraude de ley, e incluso lo avala.


Estar de acuerdo con el espíritu del anteproyecto no impide la perplejidad ante el hecho previsto de que, sin previo dictamen técnico, cualquier joven de 16 años, hombre o mujer en el momento de tomar la decisión, pueda cambiar de género en el Registro Civil según su real gana.


Y conste que la objeción no se proyecta sobre el chico o la chica con apremiante necesidad de cambiar de género por sentirse hombre en cuerpo de mujer o al revés. Lo malo es que se podrán hacer trampas para obtener ventajas en distintos espacios de la socialización. Por ejemplo: cualquier hombre que se autodetermine mujer podrá participar en competiciones deportivas acotadas para el género femenino.


La casuística es mucho más amplia: desde el hombre con inesperado derecho a usar los lavabos públicos reservados a la mujer, o al revés, el atajo de una mujer para obtener un trabajo reservado inicialmente solo a la condición masculina, o, vaya usted a saber, el político que se se registra administrativamente como mujer solo para entrar en una lista “cremallera” de las próximas elecciones.

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