Manifestación rojigualda

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La masiva manifestación de la plaza de Colón fue una forma de malversar el malestar civil por los anunciados indultos a los doce condenados del “proces” porque desde el principio venía con etiqueta política. El signo de la etiqueta era excluyente en sí mismo, aunque solo fuera por el lugar elegido por los convocantes (Unión 78) y por el uso de la bandera nacional como emblema de partido. Craso error.

Alguien ha escrito que, nos guste o no, la plaza de Colón se ha convertido en el altar de la derecha española, lo mismo que la de Cibeles convoca al madridismo, la de Neptuno a los colchoneros y Canaletas a los culés en Barcelona.

Esas asimilaciones nos remiten al poder de la imagen. Algo que sabían perfectamente las tres fuerzas políticas a la derecha del PSOE (Ciudadanos, PP y Vox). Pero nada hicieron por evitarlo. En el PP lo vieron venir cuando ya era tarde para rectificar. En la carrera de sacos por la primacía del patriotismo y la instrumentalización de la bandera rojigualda estaba claro que Vox tendría siempre las de ganar. Y así fue.

En la perspectiva del partido constituido en alternativa de poder, concretada en la aspiración de su líder, Pablo Casado, a convertirse en el próximo presidente del Gobierno, lo ocurrido el domingo pasado en la plaza de Colón regaló a Pedro Sánchez el argumento de que oponerse a los indultos es de derechas y apoyarlos es lo progresista.

Más aún: la temeraria y anticonstitucional sugerencia de que el Rey es libre de firmar o no formar lo que el Gobierno decide (artículo 62 de la CE) tapó la no menos temeraria tendencia de Pedro Sánchez a confundir la magnanimidad del Estado con la claudicación del Estado ante el desafío secesionista en Cataluña.

En resumen, la manifestación se quedó en intento fallido de escenificar en la calle el rechazo de la parte ofendida del “procés”. Incluso sus patrocinadores de hecho (Cs, PP y Vox) disputaron su absurda carrera de sacos sin rozarse. Oxígeno para Moncloa y su doctrina sobre los indultos como principio del fin del llamado conflicto catalán. Y no es que los de su bando sean un dechado de cohesión interna.

Hay muchos “españoles de bien” entre votantes socialistas contrarios a los indultos (tan de bien como los favorables) que no se hubieran sentido cómodos en una manifestación patrimonializada por la derecha. Sus socios de Podemos trabajan por ampliar la mayoría “autodeterminista” soñada por Junqueras. Y en la alianza secesionista tienen vida propia las tesis de ERC, que acusa de “independentismo mágico” a JxCat; las de JxCat, que acusa de “pactismo mágico” a ERC, y las de la CUP, abducida por la subversión del Estado.

Derecha rota, izquierda rota, bloque independentista roto. Es lo que hay.

Manifestación rojigualda