Ferrol, la ciudad departamental

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Desde finales de 2018 y por razones personales enormemente satisfactorias, he tenido la oportunidad de frecuentar con asiduidad Ferrol. A pesar de mi afán viajero, era para mí una de las urbes desconocidas del norte de España. Nunca encontré ningún pretexto para visitarla. Toda referencia que mi mente poseía por aquel entonces se reducía a la toponimia, tan polémica en la actualidad, por la que otrora era conocida.

Acostumbrado hasta el enamoramiento de la idiosincrasia de Oviedo, mi ciudad natal, reconozco haber asistido con palpable escepticismo a mis primeras incursiones en tan remota villa. Comprobé, sin embargo, que su singularidad es su principal atractivo. Basta visitar sus iglesias, descansar en algún banco del Reina Sofía o pasear por el Cantón para comprobar que su atmósfera es especial.

Ferrol, ciudad castrense y marinera del siglo XVIII, es un remanso de paz dónde dialogar con uno mismo, un refugio dónde se puede esperar hasta que pase la tempestad. Sus calles empedradas, trazadas en cuadrícula, dan paso a una gastronomía variada y de calidad, símbolo por antonomasia del galleguismo bien entendido. La ría, el arsenal y el puerto hacen recordar al visitante que el mar ha sido y es el punto neurálgico de una ciudad llena de encanto.

Al ferrolano de siempre, hombre prudente y bueno, austero en formas que no en fondo, le duelen las críticas acerca del estado de su ciudad. La mayoría, acerca de su estética, son infundadas y fruto, me atrevería a afirmar, de una ignorancia de la que yo hacía gala antes de recorrer sus rúas.

Es una joya, hoy en cierto declive, que atesora un gran potencial. Su decadencia, muy ligada a la de la industria naval, es responsabilidad de aquellos miopes incapaces de ver en sus gentes y su campus universitario el elemento dinamizador que la sociedad y la economía ferrolanas necesitan.

Con alrededores de excepción, playas, castillos y bosques enmarcan una ciudad que se asoma, en cada amanecer, hacia un futuro lleno de esperanza. El Jofre espera que no se baje el telón. Malo será, que dicen por allí.


Ferrol, la ciudad departamental