ALVITE

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Se fue José Luis Alvite, periodista y escritor eminente, alquimista de la palabra, el más grande creador de metáforas y aforismos cargados de deliciosa ironía.
Por eso está cerrado el Savoy, el local en el que concibió universos, creó historias, relató episodios e inventó un mundo en el que sonaba la buena música y por el que desfilaron una serie de tipos humanos sorprendentes e imprevisibles, adorablemente simples y casi siempre perdedores, a los que “les sientan mejor las balas que las rosas”.
Decía Alvite que la vida es de una belleza distinta y emocionante si la miras a través de una ventana con los cristales sucios.
Quería decir que la vida no es como ocurre, sino como la percibes, como se te echa encima. Las “Historias del Savoy” están llenas de la bellísima suciedad de los cristales por los que Alvite ha ido viendo pasar la vida de sus personajes con los que compartía el humo del tabaco, las delicias del alcohol y la lucidez de la noche.
“No quieran conocerme. No se pierden gran cosa. Como las criaturas del Savoy, soy un sentimental que está de paso a mitad de camino entre el escalofrío del amor y el asfixiante y pantanoso hastío de una interminable tarde llena de nostalgia y malaria. No soy lo mejor de mi familia pero juraría que los que me rodean tienen la sensación de que soy más aprovechable que las sobras de la nevera”.  
Este era José Luis Alvite, persona entrañable y escritor singular, que alcanza las cumbres narrativas de Ramón María del Valle Inclán porque en sus escritos, además de la luz de las tulipas, brilla la luz de la literatura con un prodigioso dominio de los recursos del idioma.
Sus artículos, de una prosa exquisita y decorativa, reúnen el garbo y la gracia expresiva de unos cuadros satíricos y alcanzan alturas de una belleza sublime.
De Valle Inclán heredó también un aire de personaje valleinclanesco como si, en parcial reencarnación, circulara por sus venas sangre del mismísimo Marqués de Bradomín, aquel inolvidable personaje que glosó  don Ramón María, que a la postre era un don juan ochocentista, cínico y sensual. Alvite, igual que el marqués de las Sonatas, también ejercía bajo la máxima irrenunciable de “feo, católico y sentimental”.
Se fue la voz honda, quebrada y profunda que reflexionaba en el Savoy en el que abría las ventanas para “cronicar” también –perdonen el barbarismo– lo que estaba ocurriendo en el exterior como buen analista que era de la palpitante actualidad.
Se fue un maestro y amigo y, como dice la canción, algo se muere en el alma cuando un amigo se va. 

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