Parábola

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rgos derribado sobre un montón de estiércol levanta la cabeza y mueve la cola ante la presencia del esforzado Ulises. Antes lo reconoció y saludó Eumeo, el porquero, no así Melancio, su malvado cabrero. 
Mientras, tras los muros de la noble casa, los mendaces pretendientes comen y danzan a expensas de su hacienda, lo hacen con la indolencia propia de los más exquisitos miserables. Son, quién lo diría, hijos de las más nobles familias de Ítaca que so pretexto de esperar a que la reina elija a uno de ellos como esposo saquean esa casa que es suya por ser la de su soberano.
Se antoja que debieron ser los pretendientes conscientes de que no eran esas propiedades y riquezas fruto del rudo expolio o la caprichosa dádiva, sino el patrimonio de su patria, sin embargo, prefirieron ignorarlo y llenarse de razón en la sinrazón de forzar a la bella heroína a tomar esposo entre ellos. La disculpa los inculpa aún con más fuerza; ningún derecho tenían a entregarse a tal escarnio que no fuese la de dar satisfacción en su ser a lo mezquino.
Argos y Eumeo, perro y porquero, son las piedras angulares de la fortaleza que ha de llevar a Ulises a ultimar a los pretendientes, vengando así sus imperdonables abusos y alevosos crímenes porque grandes fueron desoír la razón de la justicia que ante ellos invocó el impúber Telémaco.
Mientras, Penélope cesa de tejer y destejer el eterno sudario con que entretenía la saña de los insaciables candidatos.

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