Ahora que se disuelva

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No esperaban tanta indiferencia social al tardío anuncio del acto de entrega de las armas. Desde la irrelevancia, Mikel Barrio, al frente de una disminuida cúpula de ETA, buscó una notoriedad imposible que debería hacerles reflexionar de qué sirvió haber cometido 2.472 actos de terrorismo, realizar 86 secuestros o asesinar a 857 personas, desde el primero, el 7 de junio de 1968, en Villabona al guardia civil José Pardines Arcay, hasta el último, el reciente 16 de marzo de 2010, al policía francés Jean-Serge Nérin en Dammarie-lès-Lys poco más de un año antes de que el 20 de octubre de 2011 anunciara el cese definitivo de la actividad armada. Por el medio, fueron muertos otros miembros de las Fuerzas de Seguridad, militares, políticos, empresarios o ciudadanos normales y corrientes. 
Nada le debemos y mucho nos debe. La banda terrorista, creada a finales de los cincuenta por miembros expulsados de las juventudes del PNV, inicia la lucha armada contra el franquismo cuando las clandestinas organizaciones democráticas dan un salto cualitativo para recuperar la democracia en España, y, por tanto, en el País Vasco. Una vez recobradas las libertades, continuó asesinando a personas que se distinguieron por su participación activa contra la dictadura.
La construcción del Estado Autonómico consiguió altas cotas de descentralización política y administrativa vertebrando España con un País Vasco próspero, una historia de éxito social y político marcado por una acertada reconversión industrial y un sistema de financiación logrados por los vascos que nada le deben a ETA. Sin embargo, ésta les debe mucho por decenios de ausencia de convivencia en paz.
ETA se termina gracias a la unidad, no sin dificultades y sus momentos de duda, entre partidos, organizaciones sociales y la sociedad civil, plasmada en los pactos antiterroristas de Madrid, de Ajuria Enea, de Navarra y de 1999.
A ETA sólo le queda disolverse, sin medias tintas, debe publicar su arrepentimiento colectivo y pedir perdón por tanto daño hecho. Tiene que comprender que sin su abolición, sin su contrición se hace complicada la reinserción colectiva.
 

Ahora que se disuelva