Profesionales del fútbol sin derechos laborales

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imagine levantarse cada mañana, llegar a su lugar de trabajo, cumplir con cada una de las exigencias de su profesión, hacer alguna que otra hora extra, –que no se califica como tal, solo se mira hacia otro lado y aquí no ha pasado nada– y regresar a casa sabiendo que no cotiza, si se pone enfermo lo echan y lo que recibe a final de mes está entre uno y quinientos euros. Eso, si tiene la suerte de ser de los que cobran.

Ahora imagine que todo eso le sucede siendo uno de los mejores de su profesión. Ya nota el calor de las antorchas y el peso de los palos en alto, una rebelión es poco. Son derechos laborales conseguidos hace más de un siglo de lo que estamos hablando. ¿Cuándo hemos vuelto atrás? Pues cuando las protagonistas (en femenino) de la historia son futbolistas.

Las jugadoras de la Primera División de la liga de fútbol femenino no tienen un convenio colectivo. El de sus compañeros varones, solo aplicable a ellos, regula cuestiones como contratos de trabajo, jornadas de menos de siete horas, vacaciones retribuidas, un salario mínimo, primas y pagas extraordinarias aparte, de seis mil quinientos euros al mes o la condición de incapacidad laboral, que los ampara en caso de lesión. Ellas no tienen absolutamente nada. Los derechos laborales simplemente no existen cuando en la camiseta pone María en lugar de Mario.

Y como cualquier paso adelante es un triunfo, aceptan contratos parciales pese a su dedicación completa y el sueldo mínimo anual, doce mil euros –menos de lo que gana en dos meses el peor pagado de los futbolistas hombres–. También reclaman protocolos de embarazo, maternidad y lactancia y de acoso sexual y parece que a alguno de los señores que mandan en el fútbol nacional le han dado taquicardias. Las futbolistas han recurrido a la huelga y lo han anunciado con una imagen de unidad. Por ahora solo se tienen unas a otras

Profesionales del fútbol sin derechos laborales