NOCHE DE OSCAR

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Para unos brillaban los flashes, que competían en resplandor con los destellos de las telas que vestían. Otros, cámara en ristre, aguardaban el momento de inmortalizar el gesto después de dos días de examen.

La alfombra roja de los Oscar era un escaparate. Ellas se lucían, adoptaban las poses tantas veces estudiadas, disfrutaban de otro momento de gloria con todos los ojos puestos en su vestido, su peinado, su sonrisa. El camino de Iñaki Urdangarín hasta los juzgados había sido el paseo de la condena popular. El rostro serio y el paso firme, sin motivos para demorarse. Ellas escuchaban cómo los fans reclamaban su atención; un autógrafo o una foto para guardar como un tesoro. Él recibía insultos y acusaciones mientras las miradas de los curiosos se le clavaban.

Era la gran noche del cine en Hollywood y una noche de película en Palma de Mallorca. La Academia ofrecía una gala con los mejores artistas del año. El instructor del “Palma Arena” parecía dirigir una cinta de serie B. Ambos coincidían en la pretensión de satisfacer a su público. En el teatro Kodak se sucedían los chistes fáciles, las frases recurrentes, las fórmulas clásicas que forman parte del encanto de la velada de los Oscar. En la sala, las mismas preguntas y las mismas respuestas se repetían hasta el hastío. En un juego previsible que por momentos semejaba no tener fin.

Los galardonados cumplían el ritual: se sorprendían, se besaban con los suyos, se emocionaban, gritaban o lloraban, trataban de resultar originales y se mostraban profundamente agradecidos. El duque de Palma se mantenía fiel al papel que habíamos asumido que le tocaba representar: apesadumbrado por las circunstancias, pero seguro de su honestidad; sin perder la compostura, reposado y aparentemente confiado en su inocencia.

Se cumplían los pronósticos. Los favoritos subían al escenario a recoger sus estatuillas. El yerno del rey negaba cualquier actuación irregular. Jean Dujardin recibía un premio por su interpretación en un filme mudo. Iñaki Urdangarín no decía nada sorprendente. Los amantes del séptimo arte celebraban desde sus casas el triunfo de sus elegidos. La prensa reflejaba en sus crónicas la salida airosa del interrogado.

Terminada la ceremonia, era el momento de las fiestas. Antes de entregarse a la música y las copas, los vencedores de la noche posaban bajo los focos entre risas y aplausos. El duque de Palma caminaba hasta el coche en la oscuridad, solo acompañado por el sonido de los disparos de los fotógrafos.

Los actores se regocijaban en el reconocimiento a su talento. El esposo de la infanta quizá había hecho la interpretación de su vida.

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