Despertar del sueño

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Un día antes de que la candidatura de Madrid para organizar la Olimpiada 2020, la Roja de fútbol ganaba a Finlandia con solvencia; aquel mismo sábado el tenista Nadal se clasificaba para la final del Abierto de Estados Unidos que acabó ganando en la madrugada del martes; al día siguiente Fernando Alonso salía en la quinta posición en el circuito de Monza y remontaba hasta alcanzar el segundo puesto; ese mismo domingo la Roja de baloncesto apabullaba a los polacos en el Europeo que se está celebrando en Eslovenia...
Son resultados que evidencian que los deportistas españoles saben competir y ganar y son mejores que los políticos que nos gobiernan, que los dirigentes de las federaciones y que el propio Comité Olímpico Español. Esos dirigentes políticos y deportivos, coreados por varios  medios de comunicación, crearon un clima de euforia desmedida en torno a Madrid 2020 con la confianza muy española de que “a la tercera va la vencida”. Con algunos buenos datos económicos, construyeron una especie de optimismo patriótico desbordante que buscaba la organización de los Juegos Olímpicos como una gran oportunidad de contar con un proyecto que impulsara los sentimientos de identidad nacional.
Pero al final, la candidatura de Madrid fue aplastada por la losa de la crisis económica, política, institucional y social; por la corrupción que afecta a instituciones del Estado y políticos de primer nivel y por la poca determinación en la lucha contra el dopaje. Nos ven como un país poco fiable en nuestros comportamientos y poco solvente económicamente, al margen de que los impulsores de la candidatura no supieron montar la estrategia adecuada para contrarrestar la pérdida de estatura internacional del país y el deterioro de su imagen en el exterior.  
Tras la derrota se respira un clima de depresión colectiva, como si hubiéramos perdido el imperio, quizá debido al exceso de euforia previa. Ambas situaciones –la euforia previa y el pesimismo posterior– son desproporcionados. Lo único que se perdió fue una oportunidad para organizar unos Juegos Olímpicos y nada más.
Por tanto, más que flagelarse, hay que despertar del sueño, olvidar la Olimpiada –la alcaldesa de Madrid anunció el jueves la renuncia a la cuarta candidatura–  y dedicar el tiempo y los recursos a otras actividades productivas para reconstruir la economía y recuperar la deteriorada imagen del país. Y a pesar de la derrota, procede que los gobiernos sigan ayudando a los deportistas que son los que nos están dando satisfacciones.

Despertar del sueño