JESÚS SANTOS

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Expone en Arte Imagen Jesús Santos (Segovia, 1961) una obra caracterizada por tonos sordos, recogidos, que revelan una sensibilidad intimista. Géneros clásicos: bodegón, paisaje o figura femenina son pretexto para “escribir” páginas evocadoras, semi-desdibujadas entre veladuras y luces evanescentes. Y decimos “escribir”, porque el trazo, de caligrafía suelta, es fundamental en sus pinturas y, más que dibujar, lo que hace es crear formas que, aunque reconocibles, adquieren la calidad de lo difuso, de lo inasible, como si fuese visto en horas crepusculares.

Para este pintor, el matiz es más importante que la imagen y el color se atempera en una variada gradación de tonalidades secundarias, de baja saturación. Se dijera que ama poner un velo sobre la realidad, para que no resulte tan rotunda, tan directa y para poder ensoñarla, más que verla; y ello, aunque presente las orondas carnaciones de una joven tendida en la playa cuando se supone que la luz del verano debe ser restallante y viva.

Hay en él como un pudor de la mirada, un tamiz de lejanías, a pesar de que pinte objetos situados en primer plano; pues son lejanías sentidas en el alma, distancias inmedibles porque son psíquicas, y es su modo de decir que nada es lo que parece y que todo está envuelto y fundido o confundido en un enigma y que las claves del ser se nos escapan. Flores, frutos, búcaros, mesas, mujeres... todo participa de esa cualidad de lo impalpable, de lo nebuloso o lo recordado. Igualmente, lo cerca y lo lejos, el interior y el exterior, parecen no tener solución de continuidad y los fondos no se sabe si cierran o abren el espacio; a veces, se insinúan ventanas y horizontes, pero una niebla coloreada en muchas de las posibles gamas del gris se cierne sobre todo, tapa las rosadas carnes, tiende cortinas azulado-acuosas sobre la figura femenina, deja indecisas luces verde pastel sobre mares presentidos y entreverados jardines con árboles que se pierden en la nada.

Los rostros de los personajes aparecen como ensimismados, vueltos hacia adentro; esto es visible, sobre todo, en un cuadro que representa a una muchacha desnuda sentada en una silla, con la cabeza inclinada en gesto pensativo, mientras sostiene en el regazo su vestido azul; se diría que medita, triste o desconcertada, en algo que le ha ocurrido, tal vez en el ausente amor. Hay un cuadro donde aparece una sigilosa y expectante efigie, más sombra que cuerpo, flotando en el vano de una ventana y resume todo el misterio que él quiere transmitir.

JESÚS SANTOS