PERDÓN

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Supongo que a estas alturas todo el mundo habrá visto las terribles imágenes del pequeño Aylan, de tres años de edad, tendido en la orilla de una playa turca, sin vida, mientras el mar iba y venía acariciando el cuerpecito inerte como si quisiera pedirle perdón por haberle arrebatado la vida en una tragedia que se llevó también a su madre, a su hermano de cinco años y a otras diez personas más. Yo, como el mar, quiero pedir perdón a Aylan y a todas las víctimas de la barbarie que asola Siria, Irak, Nigeria y otros muchos lugares del mundo, presas del fanatismo, de la avaricia, de la sinrazón. Y le pido perdón en la parte que me toca por pertenecer al llamado primer mundo, insensible, despiadado, cruel, que mercadea con personas, con vidas humanas, que las explota para su beneficio, para el repugnante enriquecimiento de algunos y que es incapaz de tender la mano a esos miles de refugiados que huyen del horror porque, no se engañen, el primer mundo existe gracias a la miseria del segundo y del tercero.

PERDÓN