LOS CEROS Y LOS UNOS

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Cada día con más frecuencia, una acción termina por conseguir el efecto contrario del deseado. Son muchos los que recuerdan como el afán recaudatorio del Estado se cebó con el contrabando de tabaco y provocó, sin buscarlo, que las planeadoras cambiaran el Winston por la cocaína, mucho más rentable y, por supuesto, peligrosa. Lo mismo sucedió cuando, a principios de año, el Gobierno decidió que las empleadas del hogar debían dejar el régimen de autónomos y que quienes las tenían contratadas, incluso por un par de horas al mes, tendrían que pagar su Seguridad Social. La medida, bajo la excusa de proteger al colectivo, buscaba hacer aflorar una importante bolsa de dinero negro. Sin embargo, lo que ha conseguido, a un par de meses de que sea obligatoria la norma, es que muchos ciudadanos opten por despedir a estas trabajadoras.

Una vez más el daño ha sido mayor que el posible beneficio. Y esta es la duda que puede asaltar cuando se plantea el efecto que tendrá la reforma laboral del Partido Popular. Una reforma que el propio Rajoy se apresuró a aclarar que no servirá para recortar las cifras del paro de forma inmediata. Lejos de ello, hay quien asegura que, de entrada, puede incluso hacer que se dispare la destrucción de empleo.

Del mismo modo que los recortes no han servido para impedir una nueva recesión ni las medidas para propiciar las fusiones bancarias han hecho que regresen los préstamos. Y, pese a todo, los ciudadanos tenemos que asentir y consentir, ya que quienes imponen cada día nuevas y draconianas medidas son supuestamente expertos en la materia, a los que no se les tiene en cuenta en sus currículos que no vieron venir esta maldita crisis que amenaza con llevársenos por delante. En una ocasión, un banquero (de los de verdad, de los que son dueños de uno) aseguraba que en las cajas blindadas de las entidades ya no hay dinero, ni mucho menos oro, y que este se ha convertido en unos y ceros. Puro lenguaje binario en asientos informáticos. Y tal vez ese sea el problema. El dinero, los euros, se habían convertido en algo inmaterial. Por supuesto no el dinero de bolsillo, pero sí esos 300.000 euros que se entregaban por una hipoteca o los 30.000 que costaba un coche de lujo. Del banco al vendedor y de repente ese dinero se convertía en una cita mensual, recordada con pasmosa exactitud por la entidad a través de una carta difícil de entender.

Lo peor de la crisis es que nos hizo despertar de golpe de nuestro sueño. Nos creíamos todos ricos y, de repente, nos dimos cuenta de que no era así. En realidad, nosotros éramos los ceros y los unos que conformaban las cuentas de resultados de los bancos.

LOS CEROS Y LOS UNOS