Prosperidad

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os tienen estresados con lo de la bolsa, los mercados, las inversiones, las jubilaciones, las privatizaciones y veinte cosas más. Es como si la prosperidad real de la gente estuviera directamente relacionada con esas cosas. Y eso no funciona así.
Empezando porque habría que definir primero lo de “prosperidad”, puesto que no significa lo mismo para todo el mundo. Unos la asocian con atiborrar sus armarios de trapos caros, otros con tener un coche de la marca Porche y disfrutar de la vida a lo Berlusconi. Hay de todo. Pero las personas que no sufren de esas fantasías se conforman con bastante menos, sus vidas giran en luchar por un empleo decente, una vivienda curiosa y disfrutar de un entorno socio-cultural agradable, lo que se dice tener una vida digna. 
Pero al punto que íbamos. El crecimiento económico, lo hemos dicho en otra oportunidad, no significa automáticamente bienestar para todos. Hubo países que durante años lo tuvieron y no por ello acabaron con la pobreza, de la bonanza solo se aprovecharon unos cuantos. Lo que significa que hace falta algo más que crecimiento para que exista una prosperidad real.
Desde hace mucho tiempo se admira el bienestar de los países escandinavos y, en general, de los del norte de Europa, sus sociedades fueron puestas como ejemplo a seguir para el resto del mundo. La calidad de vida de la que gozaron, y todavía gozan, fue la envidia de muchos gobiernos y políticos de otros países; algunos expertos lo catalogaron como una especie de “milagro” social. Pero en esto no hay milagros que valga, ni el bienestar aparece por arte de birlibirloque.
La sostenibilidad económica y la justicia social no se construyeron de la noche a la mañana en esos países. Tomó su tiempo. Parte del “secreto” estribó en que los socialdemócratas gobernaron por esos lugares durante largos períodos de tiempo. Y también que se produjo un consenso sindical, político y empresarial a la hora de aplicar ciertas políticas; un detalle muy importante.
Una de esas políticas fue la de establecer salarios altos, con la idea de que el Estado recaudara el grueso de los impuestos directamente de las nóminas de los trabajadores sin tener que gravar demasiado a los empresarios, medidas que fueron y son aceptadas por todos y que permiten un gran desarrollo de los negocios. Invirtiéndose una gran parte de los impuestos en pensiones, atención médica y otros servicios sociales. 
Según el diario The Economist, que no es precisamente sospechoso de ser de izquierdas, el modelo escandinavo ha combinado lo mejor del capitalismo y del socialismo, haciendo una justa redistribución de la riqueza, mediante impuestos, y promoviendo la igualdad de oportunidades para todos, que es la forma más razonable de establecer la igualdad. También se centra en la lucha contra la corrupción y en que sus políticos sean honestos, por lo tanto, eso contribuye a que las instituciones funcionen en esas sociedades como un reloj suizo.
Es cierto que la historia también pesa. Esos pueblos tuvieron que enfrentarse en el pasado a grandes sacrificios para poder sobrevivir, y eso les obligó a desarrollar un gran sentido de la responsabilidad, tanto a nivel individual como colectivo. También tuvo mucho que ver que en los tiempos del feudalismo los campesinos trabajaban sus propias tierras sin depender de los señores feudales, cosa que no ocurría en resto del continente, con lo cual no hubo un sistema de servidumbre.
Por lo tanto, todo ello ayudó a construir una conciencia social y nacional solidaria de parte de todos los agentes sociales (políticos, sindicatos, empresarios y trabajadores), que los llevó a construir las cotas de bienestar social más altas del mundo. En esas sociedades, donde no existe la cultura del “pelotazo”, es difícil encontrar un político corrupto, un empresario pillo o un trabajador mangante. Y eso en sí mismo ya marca una gran diferencia con demás países.
La realidad es que con frecuencia el crecimiento económico está sobrevalorado, pues cuando se hacen políticas para que prospere solo un pequeño grupo, dejando a las mayorías fuera, acaba por convertirse en un cuento chino. ¡Ay, la prosperidad!

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