PARROCHIÑA

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Si en vez de color rosita se me  pone de color morado, no pienses que no te quiero, sino todo lo contrario

 
Cuando este artículo salga publicado en el Diario habré superado la reunión más importante de mi vida, las 45.000 visitas en el blog y gran parte de mis libros y mis vinilos estarán metidos en cajas de cartón y mi guitarra de niño zurdo, mis fotos en las que casi nunca salgo yo y el cuadro que la protagonista de tantos y tantos Ferroles me regaló estarán viajando hacia Ferrol con la melancólica austeridad de una despedida. Cuando este artículo salga publicado me seguirán llamando Pablo, seguiré escuchando a Chet Baker, a Devendra Banhart, a Dory Previn y a la Creedence Clearwater Revival. Cuando puedas leer este artículo yo ya estaré de vuelta, en casa, y la brisa marina seguirá cicatrizando mi corazón grande y mi mirada asimétrica, como la tuya. Cambiar los rincones escondidos de la ciudad de piedra por las fracturas de la tableta cuadriculada y el Sarela por la Cabana, el plástico azul de los cielos de Compostela por el romántico y duro cielo grisáceo de Ferrol no es nada comparado con cambiar as xoubas polas parrochiñas, unhas polas outras.
  Aquella noche no me lavé las manos porque me olían a ti después de que las hubieras atrapado con tus muslos entrenados y no quería que aquel aroma desapareciera por nada del mundo. Aquella noche dormí como un niño y soñé con cosas muy bonitas, con una mano bajo la almohada y otra junto a mi cara. Desde entonces los días y las noches se han ido sucediendo y rodeado de gente o más solo que la una siempre has estado presente y si no supiera que estás ahí pensaría que eres un fantasma. Hoy he caminado por Compostela diciéndoe adiós a cada esquina y a cada piedra. Cuando regrese a casa me comeré unas parrochiñas pensando en ti y en la mar salada. Eso haré cuando al fin regrese a casa.

 

PARROCHIÑA