Rocío Verdejo, en Moretart

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Rocío Verdejo (Granada, 1982), –formada como fotógrafa en Comunicación Audiovisual de Málaga, en la EFTI de Madrid y con fotógrafos como García-Álix–, ofrece en Moretart su muestra “Alegoría de la memoria”, en la que, tomándose a sí misma como modelo, escenifica escenas de una enorme carga simbólica que tienen a la mujer y a la naturaleza por protagonistas, pero con la salvedad de que ambas aparecen situadas en lugares cerrados, arrinconadas en habitaciones vacías de grises muros. 
Esto, por un lado, hace que el espacio pueda ser leído como un encierro antinatural o como moradas interiores donde la psique vive aprisionada; pero, por otro, también adquiere el significado de ámbito íntimo y protector donde ella celebra ceremonias de recuperación, realiza liturgias propiciatorias, oficia de mediadora e invoca a deidades escondidas u ocultas. 
Es, en cierta medida, un alegato por la belleza y por la libertad perdida, un modo también de recordar y oficiar lo sagrado, como queda patente en “Ritual” y en “Altar”. La mujer, en estos escenarios, aparece cubierta de velos, como un antigua vestal, o una sacerdotisa que clama por el papel de diosa que tuvo en su origen. 
Solo la luz de un alto ventanal ilumina las estancias y deja en la pared reflejos y sombras, que bien pueden recordar a la cueva de Platón. Establece así, de algún modo, una evocadora relación entre la memoria colectiva de cuando el ser humano aún habitaba el paraíso y su propia memoria perdida (pues la artista sufrió un amnesia que ha borrado 18 años de su vida). 
De aquel Edén solo quedan lianas y enredaderas florales que se enroscan en su cuerpo y que trepan por el aire, como una posible cuerda de salvación; también hay guirnaldas y ramitas florecidas que, a veces, chorrean sangre, porque es inevitable que, junto al recuerdo gozoso, aparezca la condición patética implícita en la existencia; esto es evidente, sobre todo, en la obra “Espinas”, donde un abanico de descarnadas y espinosas ramitas secas se trastocan en agresiva metáfora de afiladas saetas que apuntan a su cuerpo y hablan de daño, incluso de martirio y de muerte, pues tantas veces la mujer ha tenido que sufrir vejaciones por su condición femenina. 
Vida y muerte, gozo y dolor van entrelazados, por eso Rocío Verdejo los ofrece en su ambivalencia de Construcción-Destrucción, como en el grupo de fotos así titulado, donde, junto a una pirámide de flores y ramas que sugiere la idea de crecimiento y de perfección, aparece un Eros agresivo, representado por una rama seca que, cual afilado aguijón, apunta hacia su sexo. 
Otra lectura  ofrece “La farsa”, que muestra el  impostado y falso rol de lo femenino: ese que nos inculcan en la infancia o que transmite la moda (de la que ella, por cierto, es fotógrafa especializada). Y está presente siempre “la memoria de la mujer ancestral conectada con la naturaleza”, que es su versión  del arquetipo de la gran madre, la antigua diosa que el cristianismo transformó en María y cuya potencia generatriz recoge en un video a modo de imparable orgía floral”.

Rocío Verdejo, en Moretart