Iguales, aunque diferentes

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Cuando en el año 2007 se publica la ley de igualdad entre hombres y mujeres, fueron muchas las voces que defendieron que dicha ley no tenía razón de ser. Ya teníamos una Constitución que en el año 78 fue pionera, estableciendo la igualdad de ambos sexos en la sociedad.
Sin embargo, observamos que una cosa es la legislación que, en muy contadas ocasiones empuja al ciudadano hacia delante, y otra muy distinta es el pensamiento medieval de muchas conciencias que aún cree en el papel de servicio y utilidad que corresponde a las féminas. Y ese concepto potencia que el hombre se comporte como un mandril en relación a la mujer, y se permita definiciones que en pleno siglo XXI aun dejan pasmados a cualquiera.
Todas las democracias se basan en el principio de igualdad. No es nada nuevo. Y, aunque es preciso legislar, nos quedan muchos obstáculos que impiden que esto sea real. De ahí la necesidad de que al menos nuestros políticos, en cuanto representantes públicos, sean apartados cuando en sus comportamientos o expresiones evidencien que están muy por debajo de lo que la legislación declara.
La diferencia biológica entre hombres y mujeres, ha sido el argumento histórico que justificó la diferencia de trato.
Desde la antigüedad a la mujer se la consideró impura.  De ahí la frase de que nunca confíes en alguien que sangre por  3 o 4 días todos los meses y no muera.  Se definían sus funciones y  se las disuadía de ir a la universidad porque esto no era bueno para su útero. En fin, cualquier cosa era válida con tal de apartar a la mujer del devenir de la sociedad.
Promover la igualdad no significa hacer al varón idéntico a la mujer  sino equivalente. Es decir, con igual valoración. El problema no está en la diferencia,  que es en sí algo natural, sino en esa discriminación injusta. La igualdad es buena para todos. Porque nos abre un mundo de oportunidades y vivencias que tradicionalmente han pertenecido sólo a uno u otro sexo. Supone construir relaciones equitativas con el mismo valor y distintas experiencias y miradas.
La igualdad implica, por tanto,  acabar con las discriminaciones basadas en el sexo, otorgando el mismo valor, los mismos derechos y las mismas oportunidades a mujeres y hombres.
Cierto que en el mundo occidental el avance hacia la igualdad ha sido mucho mayor, aunque no todos los países han estado dispuestos a legislar y desarrollar políticas en este sentido. No olvidemos que el reconocimiento de unos  Derechos Humanos fue el resultado de largos años de lucha por la dignidad básica de las personas. Por eso cobran especial significado cuando hablamos de la igualdad entre hombres y mujeres.
Por lo tanto, no es de recibo que nuestros representantes políticos potencien y justifiquen la desigualdad con sus comentarios sexistas. Aun se señala al hombre como el encargado de hacer dinero para mantener la casa y a la mujer como la que debe limpiarla, incluso en parejas que conviven sin estar casadas.
Y ahí quedan las palabras del señor Alcalde de Valladolid,  recomendando a sus congéneres que deben tomar precauciones al subir a un ascensor con una fémina porque se puede quitar el sostén o la falda y buscarle un lío. El alcalde de Toledo que piensa que Cospedal no sabe pasar un aspirador. El Señor Arias Cañete que se sabe superior a una mujer, pero lo disimula.
El expresidente del Consejo General de la Ciudadanía en el Exterior, Castelao Bragaño, que piensa que las leyes al igual que las mujeres están para violarlas. EL concejal Xaquín Charlín González que define a nuestra vicepresidenta como chochito de oro. Jesus Ferrera,  que en relación a una ministra,  dijo que mejor estaría haciendo punto de cruz. Y podíamos seguir, con una retahíla de frases célebres de otros muchos que cada día salen a la galería y que tras el revuelo creado, manifiestan que sus palabras están sacadas de contexto, como si la expresión en si misma careciera de significado.
Cada vez van quedando menos, pero haberlos hay los.
Emma González es abogada

Iguales, aunque diferentes