Esas cosas que no pasan

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ecía D’Ors que “lo que no es tradición es plagio”, y así ya por directo es frase que le cuadraría como figura de estupor acusatorio a ese chico de recados que ocupa la Moncloa en un ilícito monumental, y que ahora dice que no ha de acudir al Senado a dar explicaciones sobre cómo logró urdir su tesis doctoral, atención, por cuestión de prestigio, ahí es nada. 
De la frase de D’Ors, sospecho que tiene Pedro Sánchez, digo, el chico de recados, escasa noticia, y dificultades muchas, seguramente, en su caso, para entenderla. Y del propio Eugenio D’Ors, ni noticia, ni ha de tenerla, y es lo que gana en su adanismo cultural, que le daría sofoco y cosa, vaya que no, eso de que un intelectual falangista haya tenido ocurrencias así, y encima puedan definirlo a él ahora tan bonitamente en su gesto audaz de doctorarse en trampas. Es el desprestigio de la cultura como valor social lo que permite arribismos y cucañas semejantes, y todo es confusión y ruido de corrala, y artificio, y apariencia, y tan grande impostura continuada que hace y deshace gobiernos, que no lo son, con ministritos y ministritas que tiran de silabario para explicarnos su patetismo cotidiano. Y se dicen doctores, y lo son, en afrentas y trapacerías.
Y sea de ver, también, en suerte parecida, a la propia ministra de justicia, que muy difícilmente podrá superarse en largar por esa boca denuestos con más naturalidad demoledora de lo que podría hacerlo el lenguaje tabernario de un varón, digo, por ejemplo, hablando de un colega de gobierno, y muy otras lindezas por el estilo,  pues ahí que la tenemos con voluntad inquebrantable de continuar  con lo suyo, que no ha de ceder ella, dice, a presiones y chantajes del todo atribuibles a su condición de mujer, y ya puestos a hacer gasto, qué caramba, venga, procedentes de la extrema derecha, por supuesto. Con todo, mira por donde, hablando del desprestigio de la cultura, que Juan Luís Cebrián aspire a presidir la Real Academia Española de la Lengua, tendría que ser noticia propia de Inocentes, pero de no ser así vaya sirviéndose excusa suficiente para que ese contradiós no se produzca, que sería desatino y broma pesada, y ya hubo bastante con “La rusa”, esa novelita de sucesos, nada menos que llevada al cine. Y porque toda su otra varia, y prescindible, producción literaria, no pasaría un mínimo de rigor crítico si este tiempo de mercenarios subvencionados y silencios oprobiosos no fuera quiebra de voluntades y halago del señorito, sea de recordar que ya en su momento, y con mucho fundamento, se dijo que la promoción a académico de Cebrián no fue sino un vaya por Dios a cambio de la previa incorporación de Luís María Ansón, como si los méritos de uno y otro fuesen comparables, y no resultara del todo sabido quién podría, en su caso, servir al otro como edecán literario.  Una vez perfumada Televisión Española con los nuevos aires florales de la rosa, fue medida pronta y diligente la supresión, en La 2, del magnífico y memorable programa Historia del Cine Español, que a diario venía ofreciendo unas excelentes películas. Ya se sabe, cosas de la vanguardia de la cultura corrigiendo errores y marcando la línea del horizonte. Una desdicha, vamos, eso sí, democrática y de progreso. Faltaría más.

Esas cosas que no pasan