REYEZUELOS

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Dado que este año han sido rácano como pocos y que está de moda repartir estopa a diestro y siniestro, Melchor, Gaspar y Baltasar me las van a pagar todas juntas en forma de crítica corrosiva. Va.

En todo el tinglado este de los Magos de Oriente hay cosas que chirrían. Lo primero es que debajo del mito de tipos bonachones que arrastran a través de los siglos se esconden tres decrépitos ancianos chantajistas cuya amenaza de no dejar nada –o carbón en su defecto– pende sobre las cabecillas de los pequeños al menos desde seis semanas antes de la fecha más deseada y como amenazante respuesta a la más inocente de las travesuras.

Sospecho. Así que me fui en vísperas a María Pita a observarlos de cerca. Hora y tres cuartos de cola, lo cual parece mucho, pero si lo comparamos con la visita del Papa a Cuatro Vientos, o la de Mario Casas a cualquier supermercado de pueblo, no es nada.

Gaspar, desorientado porque acudí sin niño (lo mío era periodismo de investigación), me invitó a sentarme en su regazo. “¿Pero esto qué es?”, pensé. “Si hasta el director de mi banco me recibe con una mesa de por medio, aunque sea para ponerme la cara tan roja como mis números”.

La puesta en escena es definitiva. Cuatro imberbes escapados de un paquete de galletas rellenas de chocolate. Seguridad cero. ¿Dónde están los tipos duros de dos por dos con pinganillo en la oreja y gafas oscuras? ¿Y la Policía? Ni un furgón, ni un antidisturbios, ni un francotirador en el tejado... Ni que nunca hubiésemos visto la que se monta con otros miembros de la realeza.

¿Y ese estilismo? ¡Por favor! ¡Qué ya tenemos una edad para dejar de hacer el hortera entre capas, pieles y guantes blancos! ¿No hay un peluquero en Oriente que les corte esas greñas y les sanee las barbas?

Otra más. Llegan en tren. ¡En tren! ¿Pero no se dan cuenta Sus Majestades de que estamos hasta las cachas en sacar adelante nuestro aeropuerto? Déjense de pamplinas y días azules y apuesten por Alvedro, leche.

Pero lo peor es el clasismo. Tanta magia y tanta monserga, y andan llorando por las esquinas la paga extra. Si tan buenos y equitativos son, déjenle la Wii al hijo del albañil en paro, y no al nieto del terrateniente.

Pues eso. Yo, republicano. A ver si el año que viene hay bemoles a despacharme otra vez con tres pares de calcetines de rombos.

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