Cuestión de fe

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Transparencia es lo diáfano. Lo que deja pasar la luz. Lo contrario a lo opaco. Cuando nos comparamos con los americanos, surge una sonrisa de superioridad, en el convencimiento de que se está muy por encima de ellos.

De hecho, se dice que cuando en América se llevaba una pluma en la cabeza, en España ya la teníamos en el bolsillo. Sin embargo, en transparencia nos ganan, y por goleada.

Para muestra el acto de juramento de la segunda legislatura de Obama con los actos y festejos organizados para el evento. La recaudación de los fondos privados para estos actos es pública. Se puede ver la lista de donantes, el registro de lobbies o los libros de visitas a la Casa Blanca. Cuanto mayor sea la donación, a más actos se podrá asistir y más privilegiadas serán las posiciones para seguir el juramento o el desfile.

Por otro lado, se realiza un seguimiento de las empresas que hicieron donaciones por si a lo largo de la legislatura pudieran tener un trato de favor.

Igualito que en nuestro país. Se presume de transparencia y se hace lo posible por aumentar la opacidad. El presidente de la ONG Transparencia Internacional España, ha “aconsejado” a los diputados que lleguen a un pacto nacional contra la corrupción y que incluyan en el ámbito de aplicación de la futura ley de transparencia a los partidos políticos.

El sr. Lizcano ha dicho que “los ciudadanos están un poquito alterados e indignados” con los políticos y que, ante eso, los partidos “deberían adoptar de verdad una postura ejemplarizante de transparencia” y “tomarse en serio esa indignación”. Ni caso le harán, aunque se les llene la boca de voluntarismo.

La única conclusión que podemos extraer de los escándalos de corrupción de estos días (especialmente Bárcenas, pero también Millet, Pallerols, Bustos y demás parientes cercanos) es bastante simple: el sistema no funciona.

Un número no precisamente trivial de políticos se han puesto las botas llenándose los bolsillos en estas tramas. Y la transparencia es un componente fundamental para, si no evitar, al menos reducir este tipo de desmanes.

No es una solución en sí misma, no reemplaza a otras acciones, pero las complementa. Cuanto más públicas sean las cuentas (de todos, no solo de los políticos o los partidos), más costoso será hacer chanchullos y, por tanto, menos rentable.

En la administración local, por poner un ejemplo, y que como más cercana es más conocida, muchas decisiones sobre contratos, licitaciones o concursos dependen de la “letra” que pone el de turno y que luego se recompensa de alguna manera.

Los partidos políticos no están interesados realmente en poner las cartas sobre la mesa. El sistema de listas cerradas impuestas por los intereses del partido ya es un órgano que tiene puestos sus intereses lejos del ciudadano. Y muchos parlamentarios, tanto nacionales como autonómicos, deben su cargo, su buena vida, sus buenos sueldos, sus privilegios y su futuro, a la obediencia a sus padrinos.

Hay que rozar la estulticia, o bien, pensar que los ciudadanos son memos, para hacerles creer que las comisiones de investigación tienen como fin aclarar los casos de corrupción en la gestión de lo público.

No se quiere aclarar nada. Prueba de ello (por citar lo más reciente), es que los sobres de Bárcenas no los conocía nadie.

No se sabía de irregularidades, aun cuando era público y notorio que a pesar de que había roto formalmente con el partido, continuaba entrando y saliendo con absoluta normalidad de la sede, con despacho, secretaria y chofer. Y harán auditorías, externas e internas. ¿Para saber si estaban bien los asientos o para asentar el dinero B?

Ya vimos de qué han servido las auditorías de los bancos y sus comisiones posteriores de investigación. O las del fraude de los ERES en Andalucía, donde tampoco nadie sabía nada. En resumen: pedir transparencia a los políticos es como gastarte una pasta gansa en boletos de lotería y después pedirle a Dios que salgan tus números premiados. Cuestión de fe.

 

Emma González es abogada

Cuestión de fe