EL “MACHO” CAMACHO

|

S e ha muerto, en medio de una balacera, Héctor “Macho” Camacho, boxeador puertorriqueño, curtido en la Gran Manzana, que llegó a ser el rey de las 130 libras. Una lástima para los amantes de las dieciséis cuerdas. Un símbolo de lo que hoy, y tantos días como el de hoy, la humanidad trata de sacudirse de encima.

Héctor Camacho consumió la última parte de sus cincuenta años enfangado en drogas, alcohol, la delincuencia... Y malos tratos a domicilio.

Si bien es cierto que las fechas señaladas contra las grandes lacras sociales pecan de ineficaces por saturación, no es menos verdad que hay cifras traducidas en historias descarnadas que nos siguen haciendo dudar de la supremacía de la inteligencia humana.

El “Macho” Camacho era de otro tiempo. De una época que olía a Varón Dandy, a tos de tabaco, a pelo en pecho y a pantalón paquetero. De un momento en que las paredes ahogaban lo que sucedía en el piso de al lado y en el que Gilda se convertía en mito erótico a base de bofetadas.

El “Macho” Camacho fue un descendiente directo del troglodita, que ligaba a golpe –nunca peor traído– de garrote. Se creía superior por musculatura y a falta de la fuerza de la razón, obtenía la razón por la fuerza. Nunca quiso a ninguna mujer y las tuvo por cientos. Nunca se quiso, en realidad, a sí mismo; y probablemente esa sea la causa de que haya vagado por el mundo hasta encontrarse con la bala que le agujereó el cuello.

No sé, en realidad, quién era el “Macho” Camacho que un día se bajó del ring. Ni si pegaba más duro en el cuadrilátero a sus rivales o en su alcoba a sus amantes. Y me da igual. Porque no hablo del boxeador, que Francis Marchegiano de Rocco tenga en su gloria. Hablo de este tipo despreciable y llamado a la extinción capaz de levantarle la mano a un semejante con la única excusa de tener algo colgando entre las piernas.

A la evolución gracias, los violentos van quedando cercados, como el teniente coronel Custer en Little Big Horn. Pero ojo: todos tenemos que ser Caballo Loco y dejarnos de hacer el indio.

Contra la violencia de género –que de eufemístico casi suena dulce, cuando es una asquerosa maldición– no cabe ni la más mínima fisura. Ni la menor de las disidencias. Se trata de huir de las hogueras; de las cuevas. No de regresar a ellas.

EL “MACHO” CAMACHO