Necesidad de sentido común

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Habitualmente, se considera que los seres humanos pierden el sentido cuando se ven privados, temporal o permanentemente, de la facultad de “darse cuenta” o de “tener conciencia” de sus actos y consecuencias.
Pero, además de lo anterior, también se da el caso de que actuando con plena conciencia de lo que hacen, no todo lo que hacen tiene sentido. Cuando esto ocurre, el sentir de la persona no se corresponde con el sentido mayoritario de las demás personas, dando lugar a la llamada “falta de sentido común”.
La falta de sentido común no es algo raro o infrecuente; antes al contrario, es bastante corriente en el lenguaje y promesas de los políticos, con abuso de la buena fe de las personas a las que no se les reconoce juicio ni criterio propio.
Esa actitud encierra un doble efecto negativo: la falta de sentido común por parte del que la comete y la falta de sentido común que atribuye a las personas a las que se dirige. Este último prejuicio lleva al político a pensar que los electores comulgan fácilmente “con ruedas de molino” o que pueden aceptar, sin más, “gato por liebre”.
Es evidente que la población agradece y valora más positivamente al político que expone con naturalidad y sensatez sus ideas, haciéndolas asequibles a todos, que al que brinda soluciones difíciles de comprender y cumplir.
El político debe tener ideales, pero no ser idealista. Lo que pretenda o anuncie fuera de la realidad actual o posible, caerá dentro de la fantasía o el delirio, pero no dentro del sentido común.
Si queremos que el sentido común prevalezca en las ideas y en la vida pública, los ciudadanos deben alcanzar un nivel medio, informativo, educativo y cívico, apreciables. No se olvide que la información es poder; pero también es dique o contrapoder. Una sociedad, medianamente formada e informada, estará vacunada contra propuestas “sin sentido” o contrarias al sentido común.
La historia nos ofrece ejemplos de la negativa al acceso de la población al conocimiento, por considerarlo privativo de unos pocos. Así se explica el caso de la Iglesia católica que durante muchos siglos prohibió la traducción de la Biblia a idiomas distintos del latín, por considerar un peligro que los fieles accedieran directamente a los Textos Sagrados, lo que produjo en la Iglesia una gran conmoción cuando Lutero en 1522 tradujo al alemán los Evangelios.
Tener un recto sentido o un buen criterio es garantía de acierto para el buen comportamiento y conducta en la vida. A este respecto, merece citarse como guía de conocimiento la obra de Jaime Balmes titulada El Criterio y que ha sido calificada, por su claridad expositiva y pedagógica, como el “código del buen sentido”.

Necesidad de sentido común