Contra todo pronóstico

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Hay personas que sobreviven a mil batallas. Y el nuevo presidente del Gobierno es una de esas personas. Aunque no son mil, pero sí suficientes para convertirlo en un auténtico sobreviviente político. 
Hace un par de años el clan felipista –en un acto vergonzoso y vergonzante– le dio un golpe de estado para desalojarlo de la secretaría general del partido. Pero, además, hicieron lo posible para convertirlo en un cadáver político. 
Después de aquel infausto episodio empezaron las típicas puñaladas traperas para acabar con él, puesto que sus apoyos decidieron pasarse al bando “vencedor”. Y por si eso no fuera suficiente, los barones y sus aparatos regionales se dedicaron a desprestigiarlo a través de los medios de comunicación. Todo un escándalo.
La maniobra de los felipistas fue tan ruin como cínica, además de ser abiertamente antidemocrática. Ninguna persona que fuera realmente demócrata tenía estómago para aceptar, al menos sin sentir vergüenza ajena, lo que había sucedido en el partido. 
Lo curioso es que después de consumada aquella infamia ya nadie daba un duro por Pedro Sánchez. Pero él no se rindió. Sufrió y perseveró –como los aficionados del Atlético de Madrid, del que es seguidor–, con lo cual fue capaz de reponerse y avanzar.  De cambiar las tornas. Resucitó como el ave Fénix de sus cenizas. Y aunque no siempre es así, aquí se cumplió aquello de resistir es vencer.
Una vez encajado el primer golpe, se dedicó a recorrer las agrupaciones socialistas del país para buscar apoyos en las bases del partido. Sabía que era en ellas donde estaba el punto débil de sus enemigos, por lo tanto, donde tenía la posibilidad de cambiar su suerte. 
Al final pudo forzar que lo aceptaran como candidato en las primarias –pues había rumores de que no iban a permitírselo –, alzándose con una aplastante victoria. Neutralizando así a sus enemigos.
Sin duda, aquel triunfo le permitió recuperar la secretaría general, consolidar su poder, y de paso darle una lección al grupo golpista.
¡Y lo que es la vida! Hoy –por azares de la política– es el nuevo presidente del Gobierno. Aunque eso sí, a lo mejor por poco tiempo. Lo tendrá difícil. Los problemas son muchos y variados, y tanto rivales como enemigos no le darán tregua. Y en medio de ese intenso fuego deberá dar un golpe de timón para girar el partido a la izquierda. Se lo prometió a las bases. Les dijo que iba hacer del PSOE el partido de la izquierda de este país.
Aunque todos sabemos que las promesas se rompen, y esa fue más que nada para ganar votos. Algo puntual, por lo tanto, imposible que la cumpla. Después de todo, los socialistas defienden el modelo de Europa que baila al son de la música que toca la gran banca. 
En todo caso, si quiere tener un mínimo de éxito y seguir siendo un sobreviviente deberá mantener a la vieja guardia alejada del poder, no permitiendo que le marque la agenda. Si no lo hace, su estancia en la Moncloa será corta. 
Necesitará de muchas agallas para salir airoso de todas pruebas que se le avecinan. Todavía no ha empezado a gobernar y son muchos los que creen que su mandato no tendrá mucho recorrido.
La realidad es que lo cercarán por todas partes. Y no hace falta ser adivino para vaticinarlo. Empezando porque ya se escuchan voces diciendo que su ascenso al poder fue fruto de un golpe de Estado, lo cual es un auténtico disparate. 
Es obvio que hay sectores en este país, todos sabemos cuáles son, dónde están y lo que defienden, que no les gustó la manera que tuvo Sánchez de llegar a la Moncloa. Aunque nadie puede poner en duda su constitucionalidad. 
Si para esas personas significa una asonada política, entonces es mejor que se quiten las caretas de una vez. Porque ese grupo tampoco defiende –aunque digan que sí– la Constitución, pues con semejante argumento ya la están descalificando.
Para rematar, confiemos en que el nuevo presidente  siga siendo un sobreviviente, porque si es así, entonces es que las cosas marchan razonablemente bien para el país. 
De lo contrario, sería como para salir corriendo marchándose a otro lugar. Al menos a uno más  dialogante. Esperemos que no.

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