NO AL DERROTISMO

|

Es evidente que los Presupuestos Generales del Estado no pueden, ni deben, satisfacer por igual al partido en el Gobierno ni a la oposición. La principal conjetura es que una ciudad como Ferrol, que lleva años de retraso con respecto a cualquiera del resto de las urbes gallegas en materias tan diversas como la recuperación urbanística, la dotación de infraestructuras esenciales para su desarrollo económico o la rehabilitación de sus cascos históricos, demanda, si no un especial trato por parte de las administraciones –lo que implicaría cuando menos una discriminación con respecto a otros núcleos poblacionales de calado semejante– sí al menos una percepción más realista por parte del Estado. A nadie se le escapa que situar esta zona en similares condiciones a las que existen en otras de Galicia requiere ya no años, sino décadas. Cualquier proyecto mínimamente ambicioso demanda tiempo, pero también exige límites que impongan un final a tal distancia. Podemos pensar que nos merecemos más –lo que es cierto– de lo que se nos ha ofrecido en los últimos lustros, pero lo verdaderamente importante es que, cuando menos, se mantengan niveles de inversión que permitan afrontar una dinámica de desarrollo cuyo principal escollo ha estado siempre en la fluctuación continua de los partidos políticos al frente de la ciudad. Días atrás, uno de los más conocidos representantes ciudadanos –el nombre o el partido es en ocasiones intrascendente– reconocía a este periodista que el principal problema de la ciudad es que “no hay políticos a su altura”. Lo decía precisamente uno de ellos, con presencia en el pequeño hemiciclo de la plaza de Armas y con años de experiencia en tareas administrativas y lides políticas. Tal reconocimiento –sobre todo viniendo de una clase tan en entredicho como a la que representa– ciertamente le honra, pero también –como se pueden imaginar– no le disculpa, ni a él ni a ninguno de los representantes de la ciudad, algo que también él sabrá. Demasiadas cuestiones pendientes se hallan en el ya largo camino de estos últimos 35 años como para que cualquier excusa tenga un mínimo valor.
Lamentablemente, la acción se ha visto descompensada de forma más que perceptible por la omisión, cuando no por la desidia. Pero es sin duda el derrotismo, la sensación inequívoca de que Ferrol y su área de influencia se encuentran en un paraje extremo del país, la peor de las certidumbres para una población que se siente permanentemente aislada y olvidada. Es precisamente del sentimiento de la insignificancia del que, necesariamente, se ha de huir.

NO AL DERROTISMO