¿QUIÉN MANDA AQUÍ?

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Acaso les podemos ver la cara, los hemos elegido o se mantienen ocultos en el pestañeo de los ojos, en su intermitencia, en esa zona oscura que dura unos segundos? Los que vemos son solo intermediarios y, si es así, ¿para qué los votamos? Nosotros queremos hablar con los que mandan, con los jefes de todo esto. Siempre pensamos hasta hace poco que el enemigo era visible hasta que se empezaron a caer los programas electorales y ahora parece normal que nada se cumpla; nosotros asistimos a esto ya sin estupor, casi sin darnos vergüenza, y a ellos ya ni digamos. La política nos iba a defender de los que mandan, pero los que mandan han crecido tanto que ya no tienen país; ellos juegan al escondite y nosotros contamos hasta veinte y cuando nos damos la vuelta ya no están; el único consuelo que nos queda es que envejecen y tienen miedo. Llevan un tiempo que lo que necesitan es que manden  mediocres, pusilánimes y una especie de estómagos agradecidos que han aparcado la pasión por cualquier país en el garaje de la globalización, que es como un pozo sin fondo para poder desaparecer mejor; desubicarse, que palabra tan bonita. Un juego de trileros para que la palabra súbdito desaparezca, así como la palabra empleado, ¿De qué país somos? ¿Quién es el que nos emplea? ¿Para quién trabajamos? ¡Fondos de inversiones! Para todos y para nadie. Para que no sepamos quién manda. Los que mandan son representados por Kubrick con el color rojo; ejercen la violencia a distancia como quien no quiere la cosa, así la justicia nunca les puede poner cara; a los súbditos sí. Ellos tiene sus propias leyes; en vez de hijos engendran abogados, grandes bufetes que les marcan el camino orinando como los perros a cambio de unas migajas de sus fortunas. Pero hay un hecho, por mucho que acumulen no sabrán más que nosotros; es posible que hasta en su casa no tengan libros ni música y sí mucha soledad, que les falten palabras en su corto vocabulario, que no hayan acabado el Bachillerato y nos lo estén haciendo pagar. O de tan felices que son, son tontos;  ya saben lo que decía John Lennon, “la felicidad es un arma humeante”, pero tienen la capacidad de hacernos pasar miedo; bueno o no tanto, porque nosotros sabemos que nos vamos a morir y ellos parece que no. De todas formas haríamos bien en seguir preguntando ¿Quién manda aquí?

 

¿QUIÉN MANDA AQUÍ?