Cortinas de humo

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Groucho Max decía que la política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados. Curiosamente, su sarcástica definición de la política podría cabalmente extrapolarse a la clase política actual, aunque no como sátira sino como un flagelo real (¡y tan real…!).
Las ideas más estrafalarias y ridículas se pueden escuchar en los escenarios políticos actuales. No hace mucho la primera ministra  noruega, Erna Solberg, del Partido del Progreso –un partido de extrema derecha que está gobernando ese país nórdico– impulsó una ley para castigar la mendicidad imponiendo fuertes multas para todas aquellas personas que la practiquen. Su partido ha puesto en marcha una gigantesca campaña mediática-propagandística a través de la cual culpabiliza a los ciudadanos del Este de los males que afectan a la sociedad noruega, más que nada está enfocada a criminalizar a los inmigrantes rumanos.
Los mal pensados sospechan que dicha ley es para impedir la entrada a Noruega de los gitanos rumanos y de otros países de la UE. Así, las autoridades de ese país podrán usar la “pantomima” legal –basada en la mendicidad y no precisamente en el racismo– para expulsarlos. Algo parecido a lo ocurrido en Francia, pero en este caso utilizando un mecanismo jurídico cargado de hipocresía y cinismo.
Lo de Francia antes, y lo de Noruega ahora, nos demuestra por enésima vez cuán grade es la hipocresía desplegada en la UE. Obviamente, Noruega no forma parte de la UE, pero es un país europeo con un gran sentido de la igualdad, pues es uno de los pocos del mundo que mejor distribuida está la riqueza. Sin embargo, su gobierno ya está utilizado eufemismos legales para no llamar a las cosas por su nombre, sobre todo cuando éstas son escabrosas.
Oficialmente ningún gobierno acepta ser racista, pero algunos promulgan leyes como la noruega para enmascarar la discriminación.
Desde luego, si el fenómeno viniera de otro país no resultaría tan extraño, pero viniendo de Noruega es alarmante, puesto que no estamos hablando de un país cualquiera, sino de una nación que hasta no hace mucho había sido muy respetuoso con los derechos humanos y la democracia. Sus distintos gobiernos siempre los han defendido, aunque últimamente las cosas parecen estar cambiando.
Quizá la crisis está haciendo de las suyas en ese maravilloso país. En estos tiempos hay muchos políticos que acusan a los inmigrantes de arrebatar el trabajo a los nacionales, de incrementar la delincuencia, los utilizan como “chivos expiatorios” para justificar su incompetencia política.
Es triste observar como la mentira se abre paso para acusar a los más débiles, se les acusa incluso de haber vivido por encima de sus posibilidades. Lo diabólico de todo ello es que los poderes fácticos han instalado en la sociedad este falso mensaje. Desde luego, es la manera más fácil para que los débiles acepten un “mea culpa” y paguen las “culpas” sin rechistar. Digamos para que no protesten por los desmanes que hicieron  otros, los poderosos, los que están arriba, los que se dedicaron a los cambalaches financieros durante los últimos años, y que más tarde también prepararon la ruina de países y la caída de gobiernos.
Es triste observar que países, con una distribución ejemplar de su riqueza, con sistemas democráticos que funcionan, que además no estaban al servicio de ninguna casta, se están empezando a erosionar moralmente.
Algo impensable hace unos años atrás. Nadie podía sospechar que en esos paraísos sociales el futuro se tornara así de incierto, ni que los inmigrantes empezaran a ser las primeras víctimas de una crisis que ellos no provocaron.
Los tiempos están cambiando. De pronto todo se vuelve del revés, los esquemas se rompen, la ineptitud de los políticos se transfigura en caricaturesca, siendo todo ello preocupante.
Y que, además, eso esté sucediendo en sociedades con gran tradición democrática, que siempre fueron ejemplos de transparencia –aunque todavía siguen siéndolo si las comparamos con las del sur de Europa– es todavía mucho más preocupante.  

 

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