CIEN METROS CUADRADOS

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En el Rosalía, ciclo principal, la compañía Txalo Producciones ofreció dos representaciones –aforos completos– de “Cien metros cuadrados”, de Juan Carlos Rubio. Un texto melodramático, servido en clave humorística con desplantes, “sketchs”, sofismas y dialéctica costumbrista al gusto actual. Son esos tipos que pasan al lado nuestro en calles, oficinas, supermercados y centros de ocio con sus problemas, alegrías y frustraciones.

Magnífica, brillante, despierta, María Luisa Merlo, refugiada en la nostalgia del amor perdido

Espejo, pues, donde nos vemos reflejados conforme somos, sin las frivolidades irónicas que vestimos para disimular. El mismo autor dirige (escenografía esquemática, efectos especiales y revelador cañón de luz) a dos mujeres, Sara y Lola, atrapadas en antagonismos recíprocos; si bien, paradójicamente, sus circunstancias personales tienden puente de unión entre ellas.

La chica joven, ejecutiva de aseguradora multinacional, necesita un piso situado en buena y céntrica zona de inversión; la propietaria, entrada en años lo vende para tener dinero, pero exige seguir ocupando el inmueble hasta su fallecimiento.

Mirian Díaz-Aroca pasea su relumbrante prestancia –poco clara en los fraseos– y evoca las impresionantes vedettes de antaño; pese a ello marca bien el terreno, trubulaciones matrimoniales y fracasos hasta desembocar en el análisis cerebral que amenaza su existencia…

Al otro lado, magnífica, brillante, despierta, María Luisa Merlo, refugiada en la nostalgia del amor perdido, rompedora de situaciones y prohibiciones médicas: tabaco, porros, alcohol, comidas, etc. Les acompaña un convincente, preciso y ridículo gesticulador Miguel Vigil desempeñando variados oficios, agente inmobiliario, representante de firmas internacionales de suministros, actor tocando la guitarra para “ indefinir” la vida y como portero de la comunidad de vecinos donde mora la pareja femenina protagonista.

CIEN METROS CUADRADOS