Más allá de un titular

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Una de las frases más famosas que William Randolph Hearst dejó para la posteridad fue la de “no dejes que la verdad te estropee una buena noticia”. Este magnate de la prensa americana de la primera mitad del siglo XX, en quien se inspiró Orson Welles para su personaje principal en Ciudadano Kane, llegó a dominar los medios de comunicación con 28 periódicos de circulación nacional que usó como instrumentos políticos para lograr sus fines. 

Es recordado especialmente por su papel en la escalada de tensión entre España y Estados Unidos, que acabó con la entrada de este último país en la guerra de Cuba.

Pues sin duda Hearst se movería hoy en día como pez en el agua en un mundo periodístico donde prima el clickbait: titulares sensacionalistas para contenidos generalmente de baja calidad, que buscan enganchar el click del cibernauta y fomentar su difusión en las redes sociales, aprovechando explotar la curiosidad del lector para generar unos ingresos publicitarios basados en su amplia circulación.

Seguro que más de una vez se ha sentido tentado de pulsar esos titulares, muchas veces relacionados con contenidos de la salud. 

Diez maneras sencillas de curar el cáncer. Cómo hacer para adelgazar sin prescindir de nada. Remedios naturales que las farmacéuticas no quieren que sepa. El problema es que este tipo de engaño está haciendo mella también en el periodismo más serio.

Se exige al periodista cada vez más que compita con estos contenidos. Pasados los tiempos en los que uno medía el impacto de una cabecera por el número de ejemplares vendidos, hemos acabado en la tiranía del número de clicks que se hacen en nuestros artículos. 

Una presión que no siempre es fácil de sobrellevar y que sin duda acaba afectando a la calidad de lo que nos podemos encontrar en internet. 

Artículos que dicen una cosa pero que su titular apunta a otra o exageran de forma desmedida lo que dentro se explica.

Y es que en esta vorágine de la información en la que vivimos, cada vez importa menos la pieza y ya mucha gente lo único que lee es el titular, y a partir de aquí hace su juicio de valor sobre la información. 

A pesar de disponer de herramientas que nos permiten profundizar más que nunca, nos quedamos en la superficie y eso hace que al final todos seamos víctimas mal informadas de unos pocos listos que han sabido retomar el espíritu de Hearst en este siglo XXI.

Más allá de un titular