Sancho el Gordo

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La gordura es una de las grandes preocupaciones de nuestro tiempo, según su grado hoy le llamamos sobrepeso u obesidad. Gregorio Marañón tiene entre sus obra una dedicada al tema titulada precisamente “gordos y flacos”, un precioso trabajo que puso sobre el tapete, un problema cada vez más generalizado. Pero el asunto viene de lejos y, una vez más, la historia nos ilustra al respecto. 
El rey Sancho I de León heredó el trono de su padre Ramiro II el año 951. Aunque su reino tenía bastante garantizada para entonces su supervivencia, su situación no era precisamente segura y sus territorios seguían siendo atacados por los musulmanes, cada vez que a los gobernantes cordobeses les apetecía ir a zurrar y a esquilmar a los cristianos. Además, a Sancho no le faltaban enemigos dentro del propio reino, como su primo Ordoño IV, apodado con bastante razón el Malo, que acabó quitándole el trono.
Sin embargo, el peor problema del Sancho no fueron ni los musulmanes ni la parentela sino su propia gordura; probablemente una obesidad mórbida, que ni siquiera le permitía montar a caballo. En aquellos tiempos de guerras y escaramuzas, un rey de León tenía que estar más tiempo sobre un equino que en alguna de sus residencias, recorriendo el reino para gobernar a sus gentes y defenderlas, capitaneando directamente su hueste. Así que no resulta extraño que nuestro personaje perdiera el trono y es posible incluso que tuviera graves problemas de supervivencia.
Lo que si tenía el rey Sancho era abuela, y no una cualquiera, nada menos que la reina Toda se Navarra, de esas mujeres que reivindican el papel de su género en la Historia y demuestran algunas capacidades extraordinarias. El caso es que la tal Toda no dejó a su nieto en la estacada, a pesar de que, además de Ordoño el Malo, también tenía por enemigo al conde castellano Fernán González, que por entonces se estaba buscando un lugar en la historia.
Toda decidió ir a la raíz del mal y hacer adelgazar a su nieto, para conseguirlo no escatimó esfuerzos. Se puso en contacto con el Califa de Córdoba, con quien tenía cierta amistad y hasta parentesco; en la España de entonces ocurrían estas cosas. No en vano la capital del Califato contaba con los hombres más sabios y la mejor sanidad del momento, como ya he dicho en otros momentos el “primer mundo” por entonces era islámico, también en esos aspectos. El califa Abderramán, que apreciaba a Toda, dio todo tipo de facilidades y Sancho fue tratado en Córdoba por los galenos con éxito. No en vano pudo volver a León “vuelto a la primitiva astucia de su ligereza”, como dicen las crónicas; incluso pudo recuperar su reino. Eso de guardar la dieta siempre ha tenido su importancia, aunque también tener buenos abuelos.
 

Sancho el Gordo