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EL OPIO DEL PUEBLO

Seguro que a estas alturas, algún profeta está en cualquier lugar elaborando unas enrevesadas cuartetas en las que predice el fin del mundo basándose en los extraños acontecimientos que están rodeando al fútbol patrio. Desde luego, que el presidente de un club dimita ante la sospecha de que ha pagado parte del fichaje de un futbolista en negro es, cuando menos, como para que se pare el planeta.
Hay algo de turbio en todo lo que rodea a lo que en tiempos fue un deporte y hoy no es más que un negocio en el que unos sacan dinero limpiamente y otros (bastantes) se enriquecen a cuenta de los sentimientos de los hinchas. El descubrimiento de que las apuestas deportivas pueden estar amañadas no hace más que demostrar la inmensa cantidad de dinero que se mueve en torno al mundo del balón, capaz de involucrar en sus trapicheos hasta a futbolistas sobradamente pagados.
Se suele decir sin el mínimo rubor que si se sometiera a los clubes a los mismos controles y normas que a cualquier sociedad anónima, más de la mitad de los presidentes acabarían encarcelados y por un buen puñado de años. Solo hay que pensar en la millonaria deuda que tienen los equipos con Hacienda o la Seguridad Social.
Y los políticos no se conforman con mirar para otro lado, sino que premian a los defraudadores con jugosas subvenciones a cambio de ganarse (o al menos eso creen ellos) los favores de los aficionados. En un país con cinco millones de parados y padeciendo un brutal recorte en eso que llaman Estado del Bienestar, la sociedad solo parece capaz de movilizarse cuando amenazan con embargar al equipo o un árbitro pita un penalti en contra.
Seguro que si Marx se reencarnara volvería a redactar su máxima para concluir que el fútbol es el opio del pueblo. Pero se quedaría corto, es el opio y el sustento de un pueblo que consiente que los dirigentes del equipo de sus amores roben a manos llenas. Eso sí, la única condición es que se consiga que la pelotita entre en la portería contraria.
El proceso de desamor surge cuando lo deportivo no funciona y, entonces, la miopía hacia lo ilícito se convierte en clarividencia y se pide la cabeza del presidente que, listo él, suele ofrecer la del entrenador para calmar a las masas, sabiendo que con un poco de sangre a modo de despido, se cubre la rebelión de los aficionados. Está claro que se pueden cerrar hospitales o escuelas, pero que a nadie se le ocurra descender a un equipo por no cumplir con sus obligaciones tributarias. De ser así, puede haber muertos.

EL OPIO DEL PUEBLO

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