Bien por la Cidade da Cultura

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Debo confesar que hemos sido injustos con la Cidade da Cultura. Al menos yo. Ya sé que es muy fácil criticar sentado en una silla ante un teclado y echar por tierra el trabajo y la profesionalidad de muchos. No tenemos perdón. Se nos puede acusar –y no sin razón– de ser como el perro del hortelano por intentar dinamitar un proyecto en vez de aportar ideas. Aunque vaya en nuestro descargo que no nos pagan para eso. En todo caso, han de ser los responsables de ese invento, que a buen seguro cobran un buen salario por ello, los que llenen de contenido y den sentido a un desmesurado espacio vacío.
Para eso están. ¡Y vive Dios que lo están consiguiendo! Si lo teníamos delante de nuestras narices, maldita sea, y no nos dábamos cuenta. Ellos sí. Son unos fenómenos. El que vale, vale. Así que mientras nosotros nos dedicábamos a bombardear el Gaiás haciendo notar lo absurdo de su concepción, construcción, existencia y coste, ellos abrían la puerta a un mundo sorprendente, donde la cultura, con mayúsculas, lucirá en todo su esplendor. Ya se dieron los primeros pasos, tímidos, sí, pero no por ello menos trascendentales.
Se comenzó a avanzar con algo inaudito. Un par de conciertos de grupos y cantantes locales y alguno que otro de por ahí. Sorprendente. Y una exposición sobre los yanomami y otros parientes pobres. Sencillamente espectacular. Casi diría que, en esa línea, se podría amortizar el proyecto en poco tiempo. Pero con lo que parece que van a echar el resto será con lo próximo. Algo difícil de superar, sin duda. Y si así fuera, juro que me he de comer mi colección de discos de flamenco y la de los hermanos Calatrava. Lo nunca visto: cabezudos, marionetas, malabaristas, zancudo, payasos... y todo gratis, oiga. Sí, organizado por la Xunta, cierto, pero tranquilos, que al parecer por ahí anda capital privado de una fundación constituida ad hoc.
Es el festival Cidade Imaxinaria. Un bombazo. Con cosas como ésta el agujero negro del Gaiás será sólo un mal recuerdo. Un espectáculo rompedor para solaz de la chiquillería y que vuelve después del éxito obtenido el pasado año y al que, según la Consellería de Cultura, acudieron cientos de millones de personas, decenas de millones de ellas procedentes de A Choupana, Belvís o Milladoiro, principalmente.
Ése es el camino. He visto la luz. Y espero que como yo, otros muchos. Y para demostrarlo, a partir de ahora trocaré cualquier actitud biliosa por otra más constructiva. Así que propongo –en este caso para espantar el horror vacui en esa anémica biblioteca del Gaiás– ir llenando las estanterías, además de con las publicaciones oficiales sobrantes que la Xunta no logró colocar en su día, con la colección infantil del osito Teo: “Teo alpinista”, “Teo bombero”, “Teo médico”, “Teo inspector de hacienda”... así hasta completar sus 148 volúmenes. Llenaría unos cuantos anaqueles.

Bien por la Cidade da Cultura