Una de espías

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Todos recordamos aquello de “mi nombre es James, James Bond”, del famoso Agente 007 británico. Sonaba encantador.  Pero en el mundo real de los espías las cosas no son así, no son como las presentan en el cine.   
El mundo del espionaje es complejo, frío, turbio, oscuro, teatral. No hay buenos ni malos. Por lo tanto, la idea de encasillarlos en alguna de esas categorías está en función de los intereses de los bandos enfrentados. No hay otra realidad.
El oficio de espía es muy viejo. Ya el famoso estratega chino de la antigüedad, Sun Tzu, hablaba de esa profesión. Además, es un oficio peligroso. Con frecuencia ocurren mortales “accidentes” en circunstancias misteriosas y nunca aclaradas.  
Por otro lado, hay que decir que las agencias de inteligencia son una parte importante de los estados modernos, poseen incluso vida propia. Aun así, hay misiones que son llevadas a cabo por orden expresa del político de turno que está al mando. Una de las más “decentes” sería la elaboración de informes falsos, para ser usados como arma política, geopolítica o como simple propaganda. 
Todo esto viene a colación por la guerra de acusaciones desatada por Londres contra Moscú, debido al intento de envenenamiento en Salisbury de un ex espía ruso que trabajó para los servicios de inteligencia de su Graciosa Majestad. 
Los británicos siempre han tenido una inteligencia de  altura, quizá una de las mejores del mundo. Son excelentes en infiltrar agentes detrás de las líneas “enemigas”. Por cierto, una de las infiltraciones más sonadas fue la de Sidney Reilly. Este agente estuvo varios años espiando en el Imperio Ruso. Y más tarde, ya con los bolcheviques en el poder, llegó incluso a infiltrarse en la Checa; toda una proeza. Aunque esto último le costó la vida, pues fue descubierto y fusilado en 1925.
Pero volviendo al presente. El envenenamiento de Sergei Skripal y su hija está rodeado de mucha confusión y algunas casualidades. Resulta un tanto sospecho que Londres acuse a Moscú sin antes investigar nada. O al menos eso es lo que parece.
Días atrás hubo un acalorado debate sobre este asunto en el parlamento británico. Aunque lo de acalorado no se debe tomar al pie de la letra. A decir verdad, las discusiones en esa cámara son muy shakesperianas. Siempre lo fueron.
La función del otro día nos hizo recordar la historia de la “Oreja de Jenkins”, que ocasionó una guerra en 1739 entre Inglaterra y España; las potencias coloniales de la época. El barco que mandaba el pirata Robert Jenkins fue apresado por los españoles frente a las costas de Florida, que acabaron cortándole una ojera al inglés. 
El escándalo fue magnificado por los tabloides ingleses, compareciendo Jenkins  ante un comité parlamentario. 
En un arranque teatral este les mostró la oreja seccionada –se dice que no era la suya– para que sus señorías vieran el acto tan bárbaro que habían cometido los españoles. 
En lo de Skripal también se percibe esa fuerza interpretativa de parte de algunos parlamentarios. Y quizá eso le resta seriedad a lo que están tratando de presentar.  
En todo caso, la sangre no llegará al río. No habrá una guerra con los rusos como hubo con los españoles. Puesto que ni Gran Bretaña es la potencia que fue, ni, obviamente, Rusia es España. 
El caso como lo presenta el gobierno inglés no resiste un análisis serio. Primero, porque el método utilizado para asesinar al ex espía es demasiado chapucero, teniendo en cuenta que hay otras formas que apenas dejan rastro. Desde accidentes de coches hasta suicidios el menú es amplio. Cualquiera era mejor que el utilizado. También llama la atención que la UE se apresurara en apoyar las acusaciones. Es como si todo formara parte de un guión. 
En realidad, lo que está saliendo a la luz pública no aclara nada. Por otro lado, la experiencia demuestra que este tipo de crímenes nunca llegan a esclarecerse. Aunque saber la verdad, la verdadera, no cambia nada. Ni siquiera es relevante en estos casos. Por lo tanto, aceptar como verdadera la versión de la señora Theresa May es casi como un acto de fe. Y esos actos no son para el mundo terrenal.

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