Tiempo de congresos

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Pasadas las repetidas elecciones generales, llega la época de congresos de los partidos políticos, cada uno con sus prioridades. Ciudadanos deja a un lado la ambigüedad ideológica y quita de su fondo de armario el traje socialdemócrata nunca vestido y se calza la horma que lo define, la derecha liberal. Podemos escenifica una descarnada lucha por el poder dentro de la organización entre Iglesias y Errejón, a semejanza de  la disputa de Lenin con Mártov, bolchevique y menchevique, respectivamente. Y el PP, exhibiendo el poder proyectado hacia fuera, poder institucional, poder económico y poder social.  
De los grandes partidos de ámbito estatal, sólo queda la celebración del correspondiente al Partido Socialista. Cuando aún están sin cicatrizar las heridas del desgarrador Comité Federal de otoño, afronta su refundación. No será fácil echarla a andar, pero el primer paso será comprender su responsabilidad para no dejar vacío el espacio político entre conservadores-liberales y podemitas. El siguiente, me atrevo a aventurar que será la conformación de un proyecto autónomo, sin ceder a la tentación de competir con el populismo fácil que representa Podemos. Paro ello, tiene que reflexionar cuáles son sus orígenes, situados en la remota Segunda Internacional, heredada por la actual Internacional Socialista; cuáles sus principios, que no son otros que los de la socialdemocracia, resumidos en las ideas de democracia, justicia, igualdad y solidaridad a las que, actualmente, se necesita añadir la recuperación y respeto por el medio ambiente. Pero eso sí, tendrá que entender, en el ámbito paneuropeo, el nuevo paradigma que vivimos para dar solución a problemas nuevos, y no tan nuevos, pero en un contexto inédito caracterizado por el denominador común de la desigualdad social y económica. Finalmente, los proyectos los mueven personas, por lo que necesita un liderazgo percibido como propio por la sociedad, para darle su confianza.
En definitiva, los actores políticos de este tiempo están empezando a aflorar. Una muestra más de la necesaria normalidad política.
 

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