El enredo nacional

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Bismark decía que la política no es una ciencia exacta; otros dicen que es el arte de lo posible. En todo caso, cualquier movimiento en este “arte”, incluso el más elaborado, puede producir resultados adversos, no previstos.     
Cuando Mijail Gorbachov abrió el melón soviético produjo las consecuencias que todos sabemos: la desintegración de la URSS. Es probable que en su momento él lo hiciera de buena fe, sin embargo, su “perestroika” y “glasnost” movieron las placas tectónicas territoriales de aquel país. Eso significa que en política, aun conociendo las teorías de Maquiavelo, que es el libro de cabecera de todo político que se precie, siempre hay la posibilidad de que sucedan los “impredecibles”.
En todo caso, los problemas identitarios y territoriales son de difícil  encauzamiento, al menos dentro de un marco razonable para las partes. Hoy España se enfrenta –¡una vez más!– a ese problema. En Podemos  hablan de un Estado plurinacional como solución, de que sería el único remedio –o pegamento como dicen– para mantener la unión de este país. Es posible. Sin embargo, uno tiene serias dudas, pues no es seguro que ese tipo de federalismo vaya a funcionar, sólo hay que echar un vistazo a  nuestra historia. Así que, asomémonos por un instante al primer intento federalista, ocurrió en los tiempos de la I República.
Aquel proyecto federal de 1873, debido a la urgencia del momento, fue redactado por Emilio Castelar en 24 horas para ser debatido. Nunca llegó a discutirse el texto completo, todo terminó como el rosario de la aurora. El Partido Republicano Federal, que estaba lleno de tránsfugas, monárquicos y oportunistas de todo pelaje, estaba dividido en tres corrientes: los intransigentes, los centristas y los moderados. Los primeros querían una República Federal construida desde abajo, es decir, desde los municipios; los centristas la querían desde arriba, y después proceder a  construir cantones o Estados federados; y los moderados, que era el grupo de derechas, defendían una república de corte liberal. El caso es que ninguno de los tres grupos se ponía de acuerdo. A todo ello, para agravar todavía más la situación, el país estaba sumido en la Tercera Guerra Carlista. Es decir, el ambiente estaba caldeado y el horno no estaba para experimentos constitucionalistas. Al final, como era de esperarse, y después de grandes batallas políticas, no hubo acuerdo. Así que, los intransigentes, que estaban cabreados, incitaron a los cantones a la insurrección armada. Cosa que sucedió inmediatamente. Hubo incluso algún cantón que llegó a declararse independiente, acuñando su propia moneda, hasta que al final llegó el general Pavía y acabó con los insurrectos.
La división territorial consagrada en aquella Constitución tomaba como referencia los antiguos reinos. Por otro lado, la descentralización era profunda, pues incluso la hacienda pública quedaba bajo el control de los nuevos Estados federados. Su artículo 96 decía que la “competencia de los Estados regirán su política propia, su industria, su hacienda, sus obras públicas, sus caminos regionales, su beneficencia, su instrucción y todo los asuntos civiles y sociales que no hayan sido por esta Constitución remitidos al Poder Federal”. Daba incluso la posibilidad de que Cuba y Puerto Rico, colonias por aquel entonces, se convirtieran en Estados de aquella nueva España federal.
Nuestra historia demuestra lo frágil que es la unidad de este país. Por lo tanto, es importante que Podemos aclare cómo se puede compatibilizar la unidad de España con el derecho a decidir, consagrando ese derecho en una reforma Constitucional. Es obvio que cualquier referéndum, si cumple ciertos requisitos, es un instrumento democrático. Pero no hay que olvidar que, siguiendo esa “práctica”, cualquier ciudad podría votar incluso la secesión. Sucedió en la Cartagena de 1873.
Sin duda, España tiene un problema territorial serio. Por lo tanto, se necesitan políticos sagaces, sin miedo, aunque responsables, que hagan posible lo que parece imposible. Es el único camino razonable.  
Bismark decía que la política no es una ciencia exacta; otros dicen que es el arte de lo posible. En todo caso, cualquier movimiento en este “arte”, incluso el más elaborado, puede producir resultados adversos, no previstos.     
Cuando Mijail Gorbachov abrió el melón soviético produjo las consecuencias que todos sabemos: la desintegración de la URSS. Es probable que en su momento él lo hiciera de buena fe, sin embargo, su “perestroika” y “glasnost” movieron las placas tectónicas territoriales de aquel país. Eso significa que en política, aun conociendo las teorías de Maquiavelo, que es el libro de cabecera de todo político que se precie, siempre hay la posibilidad de que sucedan los “impredecibles”.
En todo caso, los problemas identitarios y territoriales son de difícil  encauzamiento, al menos dentro de un marco razonable para las partes. Hoy España se enfrenta –¡una vez más!– a ese problema. En Podemos  hablan de un Estado plurinacional como solución, de que sería el único remedio –o pegamento como dicen– para mantener la unión de este país. Es posible. Sin embargo, uno tiene serias dudas, pues no es seguro que ese tipo de federalismo vaya a funcionar, sólo hay que echar un vistazo a  nuestra historia. Así que, asomémonos por un instante al primer intento federalista, ocurrió en los tiempos de la I República.
Aquel proyecto federal de 1873, debido a la urgencia del momento, fue redactado por Emilio Castelar en 24 horas para ser debatido. Nunca llegó a discutirse el texto completo, todo terminó como el rosario de la aurora. El Partido Republicano Federal, que estaba lleno de tránsfugas, monárquicos y oportunistas de todo pelaje, estaba dividido en tres corrientes: los intransigentes, los centristas y los moderados. Los primeros querían una República Federal construida desde abajo, es decir, desde los municipios; los centristas la querían desde arriba, y después proceder a  construir cantones o Estados federados; y los moderados, que era el grupo de derechas, defendían una república de corte liberal. El caso es que ninguno de los tres grupos se ponía de acuerdo. A todo ello, para agravar todavía más la situación, el país estaba sumido en la Tercera Guerra Carlista. Es decir, el ambiente estaba caldeado y el horno no estaba para experimentos constitucionalistas. Al final, como era de esperarse, y después de grandes batallas políticas, no hubo acuerdo. Así que, los intransigentes, que estaban cabreados, incitaron a los cantones a la insurrección armada. Cosa que sucedió inmediatamente. Hubo incluso algún cantón que llegó a declararse independiente, acuñando su propia moneda, hasta que al final llegó el general Pavía y acabó con los insurrectos.
La división territorial consagrada en aquella Constitución tomaba como referencia los antiguos reinos. Por otro lado, la descentralización era profunda, pues incluso la hacienda pública quedaba bajo el control de los nuevos Estados federados. Su artículo 96 decía que la “competencia de los Estados regirán su política propia, su industria, su hacienda, sus obras públicas, sus caminos regionales, su beneficencia, su instrucción y todo los asuntos civiles y sociales que no hayan sido por esta Constitución remitidos al Poder Federal”. Daba incluso la posibilidad de que Cuba y Puerto Rico, colonias por aquel entonces, se convirtieran en Estados de aquella nueva España federal.
Nuestra historia demuestra lo frágil que es la unidad de este país. Por lo tanto, es importante que Podemos aclare cómo se puede compatibilizar la unidad de España con el derecho a decidir, consagrando ese derecho en una reforma Constitucional. Es obvio que cualquier referéndum, si cumple ciertos requisitos, es un instrumento democrático. Pero no hay que olvidar que, siguiendo esa “práctica”, cualquier ciudad podría votar incluso la secesión. Sucedió en la Cartagena de 1873.
Sin duda, España tiene un problema territorial serio. Por lo tanto, se necesitan políticos sagaces, sin miedo, aunque responsables, que hagan posible lo que parece imposible. Es el único camino razonable.  
 

El enredo nacional