LOS REFUGIOS DE MANUEL SIERRA

|

Manuel Sierra (Villablino, León, 1951) es un polifacético artista, diseñador gráfico, ilustrador, muralista, cartelista, pintor... que expone en la galería Arte Imagen una obra pictórica, cuyo motivo es la casa integrada en idílicos paisajes de recoletos y sosegados espacios reales, algunos de Galicia, pero que él transforma, con una exultante policromía y una composición sintética, a base de planos, en “Refugios” para la contemplación, como reza el título; así, lo real deja paso a lo ideal y aparece el “locus amoenus”, el lugar feliz al que cantaban los poetas clásicos y nuestros insignes Fray Luis y Garcilaso. 
Ahí la casa deviene arquetipo de intimidad, de retiro, de gozo y lo que la rodea: frondas, árboles, muelles, mares, montañas... aparece arropándola, envolviéndola en un canto a la vida, a la gracia exultante del color. Es ese lado amable el que ha querido destacar en esta muestra, aunque él ha hecho también mucha obra de denuncia y de crítica, sobre todo en su labor de dibujante y ha querido también dejar constancia del lado oscuro de nuestra historia reciente y del ser humano en general, con algunas piezas de la década del 70 que son un alegato contra el franquismo y otras que hablan de atrocidades como el genocidio de Kossovo. 
El contraste entre esa dura realidad vivida por seres tan allegados, como su madre, y la búsqueda de un paraíso de belleza, que tal vez sólo es posible en el arte, se hace así más notorio y demuestra que no hay escapismo, sino ansia de liberación. Algunos de estos parajes que le inspiran son pueblecitos marineros de Galicia, donde pequeñas barquitas, que son como senos acogedores, parecen prontas para dulces singladuras sobre aguas color esmeralda o se sosiegan junto a muelles violáceos. 
Y especialmente entrañables y entrañados en esa geografía utópica, en ese paisaje que –como él mismo dice “..recorro una y otra vez en mi memoria y que no acierto a saber si es tierra o es mi propia piel”– son sus cuadros donde el interior y el exterior de la casa aparecen unidos y se abren ventanas hacia cielos por los que entra la luna derramando azulada luz o se ven planicies doradas por la encendida claridad solar que llevan a lejanos horizontes. Entonces el color canta en contrastes complementarios de rojo y verde o se atempera en asienados grises o sube a las montañas convertido en sinfonías de azul. Es un paisaje que despierta las policromías del alma, que va en el alma y que –como dice Gustavo Martín Garzo– detiene “ al espectador en el umbral del misterio”.

LOS REFUGIOS DE MANUEL SIERRA