CALLEJERO FERROLANO

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Una de las más importantes festividades de la iglesia católica, es la que se celebra el día uno de noviembre: la festividad de Todos los Santos. A lo largo de sus más de dos mil años de historia, la Iglesia, tras un minucioso y exigente proceso que, en caso favorable, finaliza con la solemne ceremonia llamada “Canonización”, ha declarado y sigue declarando “santos”, a personas ya fallecidas que se hicieron acreedores a tan alto honor, y así sabemos que pueden ser objeto de culto universal porque gozan de la presencia Divina para toda la eternidad. 
Claro es que, para tener acceso al paraíso basta que el postrer instante, el último suspiro de la vida sea de sincero arrepentimiento, como escribe Zorrilla en su famoso drama romántico “Don Juan Tenorio”, cuando al final de la obra, el maligno quiere cobrarse el alma de don Juan, por su vida disoluta y éste le dice: “suelta, suéltame la maño, que aún queda el último gramo en el reloj de mi vida” y don Juan se libra del fuego eterno por amor. 
Por esa y otras razones, es indudable que además de los santos oficialmente reconocidos, hay más, muchísimas más almas que pueblan el paraíso. A todas ellas está dedicada la fiesta de Todos los Santos.
Poniendo ahora los pies en la tierra, se me ocurre que, mutatis mutandi y salvando todas las distancias que proceda, en las ciudades podría adoptarse una medida inspirada en la misma filosofía, para honrar la memoria de tantas personas que se esforzaron en su momento en mejorar y engrandecer la ciudad.
En todas las poblaciones, grandes y chicas, el estudio o la simple observación de los nombres de sus calles, plazas, parques y espacios públicos, además de proporcionar sorpresas –deliciosas en unos casos, desagradables en otros y sorprendentes en ocasiones– lleva a pensar que los ayuntamientos no siguen normas claras y permanentes para otorgar el alto honor que supone rotular una vía pública con el nombre de una persona, institución, etc. sino que, casi siempre, se han dejado llevar por la improvisación.
Naturalmente, cuanto mayor es la población, más amplio es el muestrario; Madrid, por ejemplo, en su casco antiguo es una delicia leer rótulos callejeros como “calle de la sal”, del “Ave María”, “ Del Carnero”, “De Juanelo”, (personaje popular del siglo XVI), etc. Otras, hace ya tiempo que tuvieron que ceder su primitivo nombre para que lo ocupara algún personaje, generalmente un político, por ejemplo, la actual “Plaza de Manuel Becerra” se llamó antes “Plaza de la Alegría”. Cualquier ciudad es un muestrario de nombres elegantes, curiosos o sorprendentes: en Lugo encontramos el nombre de “Lopo Lías” (un trovador), en Granada la “Plaza de los Lobos”, y ya que estamos por esas tierras, trasladémonos hasta un precioso pueblo, “Capileira”, en plena Alpujarra, con sabor gallego no sólo en el nombre de la localidad, sino en calles como “Carril” o “Caidero de los Ramones”. 
La lista sería interminable, por poner un ejemplo fuera de España, aunque próximo y entrañable, Lisboa, hay que reconocer que una calle uténtica de la eterna Lusitania, lo es también en su nombre “Rúa das Janelas Verdes”.
Volvamos a Ferrol. En sus, aproximadamente, cuatrocientas calles, hay materia suficiente para escribir no un artículo si no un voluminoso tratado que comenzaría por rememorar nombres ya desaparecidos, algunos en aras de una supuesta modernidad, pero muy elocuentes para profundizar en la identidad ferrolana. 
Nombres como “Plaza Nueva”, “Campo del General”, “Callejón del Combate”, “Plaza de la Libertad”, “Calle Calatrava”, “Calle del Olvido”, “Calle 30 de agosto”, etc., etc., etc.., en algún tiempo estaban en boca de los ferrolanos de entonces.
Un capítulo muy importante, tal vez el principal, es el que hace referencia a personas, nacidas o no en Ferrol, que, en vida o después han recibido el homenaje de la ciudad para enaltecer su memoria, en agradecimiento o admiración, dedicándoles una vía pública. 
Capítulo importante, sí, pero delicado y resbaladizo, son no pocos los casos en que esa decisión deja indiferentes a la mayoría cuando no causa indignación, y por otra parte hay olvidos imperdonables. 
Nadie está en contra de que Concepción Arenal, ferrolana, o Miguel de Cervantes, tengan ese reconocimiento, o políticos locales, como “Sánchez Calviño”, un buen alcalde de Ferrol de hace, aproximadamente, cien años, pero hay otros que no han tenido esa fortuna pese a sus grandes merecimientos.
En el libro abierto que es la ciudad para quien quiere leerlo recorriéndola y prestando atención a lo que ve, encontrará curioso, sorprendente y llamativo averiguar que una misma vía urbana haya tenido a lo largo del tiempo nombres distintos: una arteria importante de Ferrol, es la que une en línea recta Canido con el Cantón. Su nombre original fue “Calle de la Tierra”, después se llamó “Castañar”, luego “Francisco Suárez”, más tarde “José A. Primo de Rivera”, y, por fin, se cerró el círculo volviendo a llamarse “Calle de la Tierra” o, mejor dicho, “Rúa da Terra”. Pero lo que verdaderamente es una curiosidad, es la calle dedicada, con nombre y apellido, a una persona... que nunca existió. Pero eso es otra historia.

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