DEJA VU

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Cuando de niños estábamos enfermos creíamos que el mundo se detenía con nosotros. Ese día en el que el universo se concentraba en la habitación de nuestros padres, la cama inmensa, el privilegio de la tele encendida a media mañana, el tiempo que se deslizaba entre el duermevela y el sueño febril.
No pensábamos en que en clase de Mates habían aprendido a restar llevando o en cuál había sido el entretenimiento de nuestros amigos durante el recreo. Simplemente, todo estaría igual para cuando volviésemos. Con los años, descubrimos otra sensación. Una suerte de deja vu que nos hace pensar que todo gira para regresar al mismo punto.
Nos sucede que al abrir el periódico nos encontramos con noticias que ya conocemos. Angustiosamente familiares. La economía está mal, muy mal, pero nos aseguran que se vislumbra la luz al final del túnel. Cataluña clama por lo que llama su derecho a la independencia. Estados Unidos prepara la invasión de un país y España corre a brindarle su apoyo. El Gobierno reclama Gibraltar. La candidatura de Madrid pierde las Olimpiadas. ETA quiere que creamos en una posible disolución.
No es la historia cíclica que juega a subirnos a la montaña rusa de las crisis y las revoluciones sociales con las que la humanidad ha ido avanzando a través de los siglos. Es la pesadilla en la que intentamos correr, pero somos incapaces de movernos del sitio. Anclados en las mismas batallas, retorciendo argumentos que pierden la fuerza que alguna vez pudieron tener. En una espiral agotadora. Empeñados en los caprichos, los sinsentidos, los errores. Como si no hubiésemos aprendido absolutamente nada. Como si hubiésemos estado enfermos en esa habitación en la que el alrededor desaparece. Ajenos a todo. O lo que es todavía peor, indiferentes. Tan convencidos de nuestra razón que ignoramos cualquier indicio de que el camino no nos lleva a ninguna parte.
Los mismos titulares. Idénticos conflictos e idénticas reacciones. No hemos cambiado. Todo sigue igual. Es la vida en suspenso. Estamos aburridos. Sin ideas, sospechamos. En un bucle que nos preocupa tanto como nos irrita. Porque ya sabemos el final de la historia. Y no nos gusta.

DEJA VU