Demasiado caros

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uando el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, visitó el Parlamento europeo para evaluar la presidencia europea de Malta exclamó: ¡esto es ridículo!. Y no era para menos. 
Resulta que de los 751 diputados que componen esa parodia de cámara parlamentaria ese día solo hubo 30. El señor Juncker indignado –razón no le faltaba– acabó declarando que nunca más asistiría a una sesión de ese tipo. Aunque el currículo político del belga contiene más sombras que luces, su rabia –no contenida ese día– era comprensible. El espectáculo, además de ser un insulto muy grave a la inteligencia, fue una burla directa hacia las personas que decidieron votar por esos representantes; unos representantes que se sientan en las poltronas de un hemiciclo que cada día se parece más a un club de millonetis.
Es curioso que el presidente de esa cámara, un tal Antonio Tajani, que apenas nadie conoce en Europa –ni a él le debe importar demasiado–, se sintiera profundamente “ofendido” porque el señor Juncker dijo que si estuvieran presentes Merkel o Macron la asistencia hubiera sido numerosa. Ciertamente, si hablaran estas personas es poco probable que los parlamentarios faltaran a sus deberes. Y aquí la pregunta viene rodada: ¿cómo iban sus señorías a perder su tiempo escuchando al representante de un minúsculo país? Un país sin importancia para ellos. Con su ausencia demostraron el gran desprecio que sienten hacia los débiles.
Cavilamos, no sin razón, que para nuestros representantes los únicos países que verdaderamente cuentan –antes del “brexit” también contaban los ingleses–  son Alemania y Francia. La primera, porque es la que manda y  pone firmes a todos. Y la segunda, porque se ha convertido en la fiel recadera de la primera. Los demás países, los que están en segunda fila, como España y otros de la periferia europea, su misión es la de servir de caja de resonancia a teutones y gabachos, limitándose a decir sí a todo. Los de la fila tercera, que son todos los demás, significan tan poco que su rol es puramente colonial. 
Hay quién pensará que uno es demasiado crítico con la Europa oficial, con la que dicen que debemos aceptar, pero la realidad –ojalá fuera de otra manera–  es la que es. Encubrirla con falsos triunfalismos, creyendo que tenemos una gran democracia no solucionará los problemas. Sería engañarnos. Si los altos cargos que nos representan en Bruselas –que nadie eligió– son criticables, el espectáculo que brindan los que debaten en el hemiciclo de Estrasburgo es para alquilar balcones. Empezando porque esos parlamentarios no tienen poder para legislar, que es la razón de ser de un parlamento, así que, es difícil sentir respeto por un parlamento que es una parodia. Que solo sirve para que uno grupo de individuos vivan como auténticos maharajás. 
Es un hecho palmario que el hemiciclo europeo solo sirve para hacer marketing político. Propaganda. Aunque bien mirado la culpa no es de los que allí se sientan, sino de los votantes. Si en las elecciones hubiera un voto de castigo, digamos un voto masivo en blanco, a lo mejor (¡quién sabe..!) empezaban a cambiar las cosas. Quizá los que se llenan la boca hablando de Europa y de sus valores hubieran sentido más respeto por la pequeña Malta, haciendo acto de presencia en el hemiciclo cuando habló el señor Jean-Claude Juncker. 
Mientras la ciudadanía no tome conciencia de lo que está pasando, los que ocupan los curules en Estrasburgo seguirán propiciando situaciones esperpénticas. Como la de ese día. Los que dicen representarnos solo aparecerán ante nosotros en época de elecciones, en caso de que sus partidos decidan seguir poniéndolos en sus listas; después ya no les volveremos a ver el pelo. Por lo general, dichas listas se confeccionan con políticos fracasados, que perdieron el tirón, y que los aparatos políticos deciden enviarlos a una suerte de “retiro dorado”, es decir, a vivir con todos los privilegios en la hermosa ciudad alsaciana de Estrasburgo.  
¿Y así pretenden en Bruselas, Berlín o París que nos desborde el amor hacia un grupo que pagamos a precio de oro? Caro sentimiento.
 

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