José-Álvaro Porto Dapena (1940-2018)

Porto Dapena
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Desde este sábado a todos nos falta Álvaro. De la trayectoria académica e investigadora del profesor Porto Dapena puede hablarse largo y tendido: sus libros se cuentan por decenas, sus artículos científicos, por centenas, y sus clases y conferencias, por millares, primero en la Universidad Complutense y hasta hace poco en la de A Coruña. No obstante, el valor cuantitativo de su obra se queda lejos de sus cualidades científicas y humanas. 
Se decía de él que era un ilustre gramático y un formidable lexicógrafo, ilustre y formidable académico por su capacidad para conocer y establecer distinciones allí donde normalmente antes solo había confusiones previas. Yo lo tenía más bien por un filólogo, porque su obra se desarrolla en los tres campos fundamentales de la filología hispánica tradicional: el estudio de la lengua, de su léxico y de su gramática, el estudio de la “literatura” en sentido amplio (léase la producción textual de una comunidad), y el estudio, finalmente, de la cultura y sus posos en las lenguas.
Las trayectorias personal y profesional de Álvaro dibujan un significativo círculo que comienza y termina en Ferrolterra. Su tesis de doctorado sobre el gallego hablado de la comarca de Ferrol, de 1972, supuso una nueva forma de mirar la variación del gallego hablado, pues su ánimo tenía que ver poco con la arqueología lingüística, mucho, en cambio, de una dialectología variacionista, especialmente en el ámbito del estudio de los sonidos del habla. Entre las últimas cosas que ha hecho, y creo que pocas ha emprendido con la misma ilusión y constancia, es el estudio de la toponimia de la comarca y la ría de Cedeira, en parte un atlas histórico y etimológico de su propia alma.
Este trabajo conjuga (y el verbo conjugar para Álvaro lo era casi todo) una pasión filológica y otra personal. Como filólogo, porque uno de sus deseos más conocidos fue el descubrir la razón de los nombres de las cosas: la etimología, la semántica, la lexicología y el análisis de la historia social de las palabras son solo formas en que esta pasión se manifestaba.
Esta viva inclinación profesional por analizar el nombrar las cosas, que era conocida de todos, se prolongaba hasta otra, quizá menos evidente y más alegre, el conocer el renombrar de las personas, que con probabilidad se le acentuó por ser hijo adoptivo de Cedeira en el sentimiento y en las disposiciones oficiales: nadie en Cedeira carece de mote, y ninguno, claro, lo desconocía Álvaro. Los encontraba todos polo peirao, por donde solía caminar haciendo dos veces gimnasia, una vez con el cuerpo otra con el espíritu.
El trabajo del rastreo etimológico de los nombres de su entorno complementa otra labor a la que dedicó también parte de sus días: el de pintar los personajes de su entorno y el de recrearlos para todos en las páginas del Diario de Ferrol. A Álvaro se le escapaban pocas cosas y pocas cosas se escapaban a su pluma, que le servía tanto para glosar las cosas más cotidianas con fino humor y afilada ironía en artículos de la mejor tradición periodística de Galicia como para delinear el mundo en trazos finos. Quien no haya sido dibujado por él una vez no pertenecía a su universo totalmente. 
Álvaro creció en Narón con sus cuatro hermanos y sus padres, a los que echaba de menos siempre que alguien lo sabía escuchar. Quien lo trataba sabía de sus pillerías propias de todo hermano menor. Ser de pueblo y el menor de los hermanos forja el carácter.
Álvaro no se casó con nadie, o con nadie distinto de Mari, que le acompaña desde siempre y que fue su gran apoyo. Se cuidaban el uno al otro y ella estaba detrás de cada línea que escribía, del mismo modo que él estaba detrás de cada paso que ella daba, y de los que dará en mayor soledad. Álvaro fue un gran padre científico, lo sabe especialmente Félix Córdoba, quien lo ha cuidado. Dejaba libertad y sabía dejar volar. Le quedaba a veces el amargor y cierta melancolía, como la del padre que ve como sus hijos se hacen mayores, pero esos sentimientos duraban solo un instante breve y luego era inmensamente feliz. Te has ido sin hacer ruido, con el perturbador ruido terrenal que deja el silencio para siempre. Serás feliz. .

José-Álvaro Porto Dapena (1940-2018)