Una familia antes que un club

Algunas imágenes de los primeros encuentros disputados por el Basketmi, así como de su paso al pabellón del Ensanche | Basketmi
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“El Basketmi es una familia antes que un club”. Esa es la filosofía que mejor define y de la que más orgullosos se sienten todos los que componen una entidad que ha querido celebrar su treinta aniversario con el estreno de un documental que repasa estas tres décadas de historia. Víctor Dopico, colaborador habitual del club, está detrás de esta iniciativa estrenada este fin de semana, ­coincidiendo, precisamente, con la fundación exacta de este colectivo. 

Durante cuarenta minutos, ante su cámara han desfilado buena parte de los “responsables” de que el baloncesto en silla de ruedas tenga en Ferrol uno de sus grandes bastiones a nivel nacional. Una plaza fuerte en la que, sin embargo, el aspecto integrador del deporte y valores como la familia, el trabajo o el compañerismo eclipsan a la competición.

El Basketmi nació un mes de abril de 1990 al amparo de la Asociación Sociocultural de Minusválidos cuyo presidente, Ángel Gárate, recuerda en el documental aquellos inicios en los que la entidad decidió apostar fuerte por el deporte adaptado y en los que el baloncesto en silla fue solo un pretexto para que muchos descubriesen el valor rehabilitador de la práctica deportiva.
 
Inicios
“Perseguíamos a la gente casi casa por casa para convencerla”, recuerda el hoy capitán Alberto Fernández, al hablar de una época en la que los medios eran muy distintos a los actuales y sus herramientas de trabajo, las sillas de ruedas, poco tenían que ver con las que se utilizan hoy en la práctica deportiva. Las de entonces eran pesados artefactos de perfil hospitalario a los que Joaquín Peixoto dio un giro total y, con paciencia y maña, comenzó a “copiar” en el desván de su casa modelos más adecuados. El surtió de equipamiento a muchos compañeros en un momento en el que el material era un notable hándicap.

Pero la semilla del baloncesto adaptado había arraigado ya profundamente en Ferrol, que contaba incluso con dos formaciones femeninas. Una de ellas, de la que Loly Sandá fue testigo, tal y como explica en el documental, llegó a militar en categoría nacional.
Los progresivos ascensos  a competiciones de ámbito estatal, coronados con el primer ascenso a la máxima categoría, propiciaron el crecimiento de la entidad –“algo imposible sin la ayuda del Concello y de un patrocinador privado como Abeconsa”, advierte su presidente, Álvaro Illobre–, pero también cimentaron dos conceptos claves en torno al club: su afán formativo, plasmado en una escuela deportiva; y su esencia familiar.

Algo, esto último, de lo que dan buena cuenta parte de los jugadores extranjeros que pasaron por la ciudad. 

Desde Pedro Bartolo, el primer foráneo del club, hasta Karol Szulc, uno de los últimos en llegar, la idea es unánime: Como en el Basketmi, en ningún sitio. “He jugado en otros clubes profesionales, pero aquí me encontré mucho más de lo que podía esperar”, insiste el polaco, que planea fijar su residencia en la comarca. 

Y es que puede que el club no pueda pagar grandes salarios, pero garantiza a todo el que llega una inestimable “red” familiar, de ayuda, amistad y acompañamiento que hace del Basketmi una entidad especial. 

Un club que también se ha nutrido del paso por sus filas de grandes jugadores como Luciano Dasilva, el primer internacional con el que contó y del que Illobre destaca que “nos aportó mucho en competición, pero también con sus mensajes deportivos y como persona”.
Pero, sin duda, uno de los  máximos orgullos de la entidad es su escuela deportiva, que actualmente reúne a niños procedentes de la zona de Ferrolterra, A Coruña y Lugo y que condensa ese afán formativo que el Basketmi ha abanderado desde su fundación. “Somos un poco como el ­Athletic de Bilbao”, bromea Álvaro Illobre, “si tenemos cantera y jugadores de casa, preferimos tirar de ellos” antes de recurrir a costosos fichajes. Una opción obligada por sus limitados recursos económicos, pero también por pura filosofía de vida.

Formación
Desde el principio la idea fue atraer a las personas con discapacidad a través del baloncesto en silla, pero ofrecerles respaldo para cualquier práctica deportiva. Todo ello con el objetivo de que los niños con discapacidad puedan integrarse social y deportivamente. Un lugar donde relacionarse con otros iguales y en el que el deporte es un pretexto para el crecimiento personal. 

No ha sido hasta hace unos años cuando la escuela ha comenzado a funcionar como tal, pero desde sus orígenes, el club siempre ha tratado de formar jugadores en el seno del primer equipo, un espejo en el que todos se pudiesen mirar. Por eso, ayudar a prosperar a jugadores locales que compiten a alto nivel como Adrián y Manuel Lorenzo, Adrián Rañales o que el campeón paralímpico David Mouriz haya vestido la camiseta del club son un motivo de orgullo. 

Ahora, toca afrontar un nuevo reto pues, tras su ascenso de categoría, confirmado hace apenas dos semanas, el club deberá acometer una complicada temporada para la que el escenario económico y deportivo es todavía incierto. Pero si algo tiene claro toda la familia del Basketmi es que, sea en la categoría que sea, hay club para rato.

Una familia antes que un club