Cómo el legado de Sadam acabó profesionalizando al Estado Islámico

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La caída del antiguo régimen del dictador iraquí Sadam Husein forzó a decenas de sus oficiales baazistas a engrosar las filas de Estado Islámico; una asociación por conveniencia, facilitada únicamente por el odio común que ambos grupos comparten hacia el actual Gobierno iraquí y que, sin embargo, ha potenciado a la organización yihadista hasta extremos inimaginables al fortalecer tanto las redes de seguridad e información de los terroristas como sus habilidades en el campo de batalla. 

Todo comenzó en 2003, con la caída del régimen de Sadam. Estados Unidos comete el error de disolver a los oficiales del partido Baaz, una fuerza que podría haber contribuido a la estabilidad del país gracias a su conocimiento de los entresijos del brutal estado policial en el que Husein había convertido al país.

Los antiguos oficiales acabaron desencantados y marginados. Algunos decidieron unirse a Estados Unidos, otros optaron por abandonar Irak, pero gran parte de ellos apostaron por contribuir con sus conocimientos a la insurgencia.

Milicias

De todas formas, habría que esperar nueve años hasta que se concretara la unión entre baazistas y yihadistas en la figura de Estado Islámico a través del grupo conocido como los Naqshabandi, una milicia baazista que comenzó a recabar apoyos en Mosul para alzarse en armas contra el Gobierno de Bagdad y lideró la primera y exitosa ofensiva relámpago de los yihadistas en Irak.

La extraordinaria capacidad de liderazgo en combate de los baazistas provocó que la dirección de Estado Islámico actuara urgentemente para mantenerse al frente de la insurgencia. Su reacción llegó en la batalla de Tirkit; el momento en que los baazistas vieron aplastado su sueño de liderar el levantamiento contra Bagdad.

El golpe maestro de la cúpula de Estado Islámico residió en liberar a 200 prisioneros de las cárceles de Tikrit que pasaron inmediatamente a formar parte de sus filas, al tiempo que decidieron enviar a un destacamento con armas para todos, excepto para los Naqshbandi, que pasaron a proporcionar únicamente apoyo táctico. “No había forma de que pudiéramos mantener el ritmo de la batalla. En cuestión de días nos quitaron la revolución de las manos”, lamentó a Reuters el antiguo oficial baazista Abdul al Samad al Ghairi.

La caída de Tikrit

El remate llegó poco después de la caída de Tikrit. Los líderes de las principales facciones rebeldes suníes se reunieron en el domicilio de un miembro del Baaz. Allí, recibieron un breve mensaje de la cúpula de Estado Islámico: “Uníos a nosotros o quedáos al margen”. Días después, más de 600 miembros del Baaz fueron ejecutados.

Los baazistas que decidieron quedarse -a cambio de pingües beneficios- acabaron proporcionando a EI una mayor solidez en sus redes de información y la pericia que necesitaba en el frente del combate.

Tal y como están las cosas ahora mismo parece imposible que el Gobierno iraquí pueda convencer a los baazistas de que abandonen las filas de EI. Las autoridades de Bagdad están divididas, los propios baazistas están divididos, y las compensaciones que ofrecen los yihadistas a quienes deciden permanecer a su lado son demasiado suculentas.

“Las huellas del antiguo Estado iraquí están en Estado Islámico. Se nota”, explicó un antiguo oficial de seguridad baazista. “Saben quien es quien, familia por familia, nombre por nombre”, añadió el actual ministro de Finanzas de Irak, Hosiyar Zebari, quien dedicó gran parte su vida a luchar contra el régimen de Sadam.

El primer ministro iraquí, Haider el Abadi, ha indicado que para reintegrar a los baazistas sería necesaria una reforma de la actual Constitución iraquí que no está dispuesto a impulsar. “Están ilegalizados. Son anticonstitucionales. Para ellos no hay espacio en el proceso político”, apunta un portavoz del primer ministro.

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