viernes 7/8/20

Nada de esto es normal

or las mañanas, todavía, pero a la tarde y a la noche, las calles, los parques, las terrazas, los bares, parecen un mitin de Trump: casi nadie lleva mascarilla. Y en algo más se parecen: no hace ninguna gracia. Diríase que a los desembozados les molesta más la mascarilla que enfermar, que morirse o que contagiar a sus semejantes. Nada habría que objetar a esto si habitaran ellos solos el mundo, si no hubiera más transeúntes que ellos.

Ya se sospechaba que esto de la “nueva normalidad” iba a ser de difícil y hasta minoritario cumplimiento, pero no que carecería absolutamente de normalidad. Lo normal en la nueva situación sería extremar las precauciones y no malbaratar el mucho esfuerzo que nos ha costado obtenerlo. Lo radicalmente anormal es lo que estamos viendo, y auspiciado en buena medida por la aplastante victoria del negocio, de la economía, del dinero, sobre la salud y la vida.

Tampoco es muy normal abrir de par en par los aeropuertos a un mundo que no está precisamente en la desescalada de la pandemia, y menos aún, si cabe, establecer en ellos unos controles inútiles y pueriles que no engañan a nadie, y no, desde luego, a ese virus tan listo y tan viajero. En vez de someter a quienes llegan a España al test PCR, que es lo único que aportaría alguna seguridad, se ha montado, so capa de seguir las instrucciones de la UE, la patraña de un “triple control” que no controla maldita la cosa: un cuestionario cuyas respuestas el viajero bien puede inventarse, una apresurada toma digital de temperatura que sólo sirve para ver si alguien tiene algo de fiebre por vaya usted a saber qué causa, y lo más grande de todo: un control visual. Es decir, echar un vistazo al viajero para, se supone, ver si tiene cara de llevar el virus.

Pero aun dentro de ese dislate aeroportuario hay un elemento de anormalidad extrema que no sólo conculca la política de prevención sanitaria, sino las normas más básicas de la correspondencia diplomática entre países: se permite la libre llegada de los británicos, en tanto en el Reino Unido se sigue impidiendo la de los españoles. Además de dislate, pues ya sabemos cómo se las gasta el sector Magaluf del turismo británico, hay cierta indignidad, cierta bajada de pantalones y cierta menesterosidad diplomática. Por encima del negocio, del que representa el monocultivo del turismo en éste caso, debería hallarse, en ésta o en cualquier otra normalidad, la Salud Pública y el decoro nacional.

Para ser nueva, esta normalidad viene defectuosa. ¿Se puede descambiar?

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