jueves 14.11.2019

Aquellos veranos

Antes la adolescencia era más corta, la de ahora no. Hoy con treinta y tantos tacos en la mochila hay jóvenes que siguen viviendo una suerte de eterna adolescencia en la casa de sus padres.
Pero la pretensión del artículo no es analizar esto último, sino la manera de como la vivíamos los que la pasamos en el medio rural en una época complicada como la de los años 60, en la que los adolescentes de este medio éramos los grandes olvidados. 

Ni siquiera gozábamos del privilegio de asistir a los campamentos de verano, aquellos que organizaba el Frente de Juventudes para los adolescentes urbanitas o para los hijos de los obreros que trabajaban para las empresas del INI. 

Solo nos salvaba nuestra imaginación. Gracias a ella éramos capaces de poner en marcha otras maneras de “acampar”, de socializar, inventando nuestra propia versión rural de los “Boy-Scouts” o de lo que fuera; aunque sin monitores ni tiendas de campaña, claro. 

En los veranos al mediodía, bajo un calor de justicia y mientras los mayores dormían su religiosa siesta, planeábamos nuestra gran “operación” consistente en merodear por algún bosque para, finalmente, acabar bañándonos en un río cercano. Entre chapoteos, sanguijuelas –había muchas–, gritos y risas, intentábamos la gran proeza de aprender a nadar en alguna represa destinada a mover algún molino del barrio. Un dato curioso. Practicábamos el nudismo sin tener conciencia del significado de esa palabra, pues como no teníamos dinero para comprar los correspondientes bañadores nos zambullíamos desnudos en aquellas aguas frías y transparentes.

Algunos grandullones nos hacían bromas pesadas a los más pequeños, incluso llegando a los límites de la crueldad, como introducirnos la cabeza bajo el agua durante algunos segundos. Está demás decir que la experiencia era desagradable, incluso desesperante. Tanto, que años más tarde a muchos de nosotros nos costó Dios y ayuda aprender a nadar, convirtiéndose en mi caso en una cuestión de “honor” conseguirlo.

En aquellos tiempos la adrenalina juvenil se liberaba de una manera muy distinta de cómo se hace hoy. Los juegos por lo general eran fuertes, rudos. Aunque no todos. Recuerdo que en la escuela unitaria, a la hora del recreo, los niños igual jugábamos al escondite o a los “tres marinos” como de pronto emprendíamos un partido de fútbol con cierta dureza. 

El edificio escolar al que asistíamos a clase no era la típica construcción mandada hacer por las asociaciones de  emigrados a Cuba. No. Nuestra escuela era parte de una casa que los dueños le habían cedido al Estado en régimen de arriendo. Por cierto, una familia generosa, flexible y tolerante con los niños, puesto que nunca se enfadaban con nuestras “maldades”. Y a veces las hacíamos gordas. Cuando llovía incluso nos autorizaban a jugar en el bajo de la casa, un lugar llamado “o cociñón”, al lado de la cocina, donde un reloj de cuco colgado en una pared cantaba las horas. 
Pero volviendo a los veranos. Los vivíamos con tal intensidad que quedábamos tristones cuando llegaban a su fin. Y también por las despedidas, sobre todo de alguna amiga de juegos que venía de la ciudad cada año a pasarlos con algún familiar. Así que, hasta el siguiente verano nos quedaba como recuerdo los chapuzones en el río, las escaladas por la pared de alguna casa abandonada, los juegos de rol y las exploraciones por los bosques.   

Aquellos veranos eran como una gran fiesta. A pesar de que no existían teléfonos móviles, ni ordenadores, ni internet. Ni siquiera teníamos las bicicletas como en la famosa serie televisiva de Verano Azul; que por cierto fue incorporada al catálogo de Netflix. Aunque nuestro verano también era azul, pero era un azul sin acantilados, ni playas, ni siquiera teníamos un Chanquete aldeano para transferirnos sus sabios consejos.

Por suerte, en nuestros veranos no había un modelo económico depredador detrás que indujera a los adolescentes a consumir moda, tecnología, alcohol o incluso sexo precoz. Los nuestros eran mucho más inocentes, más oníricos y visuales, libres de estrés o ansiedad. Muy bien podrían llamarse: adolescentes en el medio natural ¡Ay, aquellos veranos...!

Aquellos veranos
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