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Zhaocai Mao y Vladímir

No resulta fácil alzar, en delicado tacto, la luz e indagar en el prodigio de su esencia sin misterio, para quedar prendado de la ignota impronta de esa elemental penumbra que conforma su reverso.
 

No es sencillo desear demorarse en amar los instantes que nos regala la luz que, del cielo a la tierra, nos devela los secretos de lo inadvertido. De todo eso que en el fragor del cotidiano ignoramos pretextando no disponer de tiempo para entregarnos a la sana disciplina de la poesía. Dicen, divagar, embobarse, fruslerías de seres desmayados, atentos solo a la exaltación de lo superfluo. De eso que según ellos no pone ni quita en la suma de los resultados, ni da de comer al hambriento ni de beber al sediento, y mucho menos remedia los muchos rotos que esa vida, sin tiempo para indagar en la esencia de la luz, nos regala a modo de amargo presagio de tinieblas. 
 

Pan o poesía, ese parece ser el dilema, pero no lo es, es solo ganar en la poética la exacta dimensión del pan nuestro de cada día, pan que en esa leve masa leude lo mejor de nosotros y nos muestre lo mejor de los otros. Porque todos somos luz y en ella, el magnífico ser de su sombra, felina divinidad de una fe sin dogma ni mandato que alza sus prodigiosos templos en el seno del alma y en el alma de nuestros hermanos, en la fraternidad de la belleza y lo bello de lo fraterno. 
 

Zhacocai Mao desea volver a ser el adorado gato de la suerte y no el dorado ídolo lo de un Putin de fatalidad.

Zhaocai Mao y Vladímir

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