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Una pizarra para Sánchez

En el parvulario del infierno franquista, los “infantes difuntos” escribíamos en enmarcadas pizarras; madera y piedra de un mundo con hechuras de ataúd. Aun así, nada podía ir mal de la mano de nuestras manos atadas al pizarrín y al aliento de nuestra excesiva juventud, porque eso mismo es la infancia.


En estos días, niños y próceres escriben en tablets de última generación, también nuestro presidente. Social, democrático y de derecho, por supuesto, pero no nos engañemos, él, como los dioses, también escribe torcido, y por eso sería deseable que se le provea de pizarra y pizarrín; el aliento en ese arrojo se lo concede la soberbia del puedo y hago poder.


Nosotros le perdíamos en la pizarra el respeto a los cuadernos, nos desentendíamos de las gomas, devoradoras de papel, bastaba alentar sobre lo escrito y verlo desaparecer, era como si no hubiese ocurrido, como si todo pudiese volver a ser sin que nadie los supiera, solo el difuso cardenal sobre la piedra, pero eso: qué importancia, qué horror o dolor, qué indignidad o falta de valor en el saber y entender. Todo era enmendable lejos de la gravedad de la tinta y el papel. Por eso, en esta legislatura de trágalas, que mejor que una pizarra y un pizarrín donde nuestro varonil presidente pueda escribir y reescribir sin otra maldad que ese secreto rayar que va erosionando una pizarrra a la que parece darle igual. Si tú también lo crees, llámale democracia y ya me dirás. 

Una pizarra para Sánchez

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