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Por los que ya no están

Las navidades fueron, sin duda alguna, las fiestas más emotivas de mi vida. Digo bien, fueron. Los encuentros familiares, aquel ambiente que se respiraba en las calles, el significado de estas fiestas para aquellos que profesamos una creencia religiosa, las celebraciones y como no, los regalos que entonces llegaban en la noche del seis de enero y nos tenían sin dormir a la espera de descubrir si los Magos habían atendido nuestras cartas. Todo eran ilusiones y muchas de ellas se cumplìan.


Eran tiempos difíciles, de austeridad, pero las bondades propias de estos tiempos superaban con creces las pequeñas tristezas que pudieran presentarse. Pasa el tiempo y las cosas van cambiando, faltan los abuelos, entonces todo parecía que la vida seguía un orden natural y, aunque tristes por su ausencia, se asumía  como algo normal. Después faltaba algún padre o madre y la cosa se ponía más difícil, pero ya había niños por los que se mantenía el espíritu navideño y se renovaban ilusiones.


Después los hermanos se iban casando y ya dividían las fiestas entre padres y suegros, dejando más huecos en aquella larga mesa que antes se llenaba. La vida da sus zarpazos y empiezan a faltar hermanos, sobrinos, cuñados y amigos y ya no era la mesa la única que se vaciaba, el alma echaba de menos a demasiadas personas queridas y los niños se hacían mayores. Ya nada era igual habíamos pasado de los nervios con los que esperábamos la llegada de las navidades al temor de que llegaran porque la ilusión se había tornado en nostalgias y es que la magia de la Navidad incluye también el reverdecer de los sentimientos ocultos pero presentes. Muchas veces escuché aquello de que un hijo no entiende a sus padres hasta que tiene hijos que no le entienden a él, ¡que verdad más grande! Ahora que sin darnos cuenta nos hemos hecho mayores reconocemos con nitidez todo lo que nuestros abuelos y padres han hecho por nosotros y algunos, cuando los recordamos, solo quisiéramos verlos una vez más para decirles ¡gracias!


Parece una reflexión triste, melancólica pero no lo es, todo lo contrario, es un homenaje póstumo y sentido porque sabemos que nadie se va para siempre mientras sea recordado y la navidad es un inmejorable momento para el recuerdo. Esas ilusiones que nos regalaron con enorme generosidad son el combustible que debe reactivarnos para procurar a los nuestros esos momentos de felicidad compartida que en su día recibimos, hemos de tomar el relevo generación tras generación para engrandecer estas fechas a pesar de las dificultades y al hacerlo, les estamos recordando con los sentimientos más limpios que tenemos.


Por todos ellos, que ya no están, familiares, amigos, seres queridos celebremos estas fiestas con amor e ilusión sin olvidar el motivo real que mantienen vivas todas nuestras ilusiones y que nos trajo, hace más de dos mil años un niño que nació en Belén y que mañana estará de cumpleaños. Feliz Navidad a todos, presentes y ausentes.

Por los que ya no están

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