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Cuestión de límites

eón Tolstoi decía que la ambición no hermana bien con la bondad, sino con el orgullo, la astucia y la crueldad.

Lo cierto es que la ambición en sí misma tampoco tiene porque significar algo negativo puesto que su positividad o negatividad radica en lo que la persona ambicione. Hay ambiciones nobles, saludables, constructivas, que incluso contribuyen al bienestar de la sociedad.

La realidad es que todo el mundo tiene ambiciones, sueña con lograr cosas, con superarse, bien sea en el campo profesional, empresarial, social o cualquier otro. Porque una vida sin sueños, sin ilusiones, las que sean, no deja de ser una vida triste, mustia, vacía.

Pero no vamos hablar aquí de sueños ni de vidas tristes, sino de ciertas necesidades que van más allá de lo puramente racional, de esas que en lugar de necesidades más bien podrían llamarse “adicciones”.

Abraham Maslow, uno de los padres de la psicología humanista, formuló una teoría muy interesante –propuesta en su famosa pirámide– en la cual jerarquizó las necesidades humanas en cinco niveles, empezando por el más básico hasta llegar al más alto, al que llamó la autorrealización de la persona.

Ocurre que este nivel debe ser cogido con pinzas. Porque la autorrealización cuando se amplía demasiado siempre existe el riesgo en que se transforme en un mecanismo psicológico insaciable que vaya corriendo detrás del poder, el dinero, la fama, el control político y un largo etcétera.

Por lo tanto, esta necesidad maslowiana es un tanto cuestionable puesto que nos deja más preguntas que respuestas, con lo cual solo se puede entender mientras se mantenga dentro de ciertos límites.

Los ejemplos abundan de cuando esos límites o líneas rojas se vulneran. Es cierto que se podrían poner muchos del momento actual en que vivimos, pero solo vamos hablar de uno muy sencillo que ocurrió hace más de 2.000 años en la antigua Roma.

Fue el caso de unas mujeres de la aristocracia imperial que se manifestaron en el foro para reclamar que se aboliera la Ley Opia (Lex Oppia), llamada así por el tribuno del pueblo que la promovió, un tal Cayo Oppia, conocida también como “Lex Oppia Sumptuarige” o Ley de la modestia.

Resulta que lo “trágico” para ellas es que les prohibía ostentar en público joyas de más de media onza de oro, vestidos llamativos y también usar carruajes de 2 o 4 caballos.

Unos años antes el Senado había promulgado esa norma jurídica, que, por otro lado, tenía escasos efectos sobre la realidad social. Probablemente lo hizo con la intención de maquillar su imagen ante las penurias que estaba sufriendo el pueblo, causadas especialmente por la Segunda Guerra Púnica en la que Roma fue derrotada por Cartago en la batalla de Cannas.

Lo curioso es que en la protesta también había algunas campesinas. Parece ser que las aristócratas las mandaron a buscar a las aldeas cercanas, probablemente con engaños o bajo amenazas, o una combinación de ambas, con el fin de hacer más numerosa la inusual reivindicación.

Es verdad que esa no fue la única ley que se redactó en Roma para tratar de “contener” los desmanes de sus élites, en su mayoría corruptas. Hubo otra que más bien parece una tomadura de pelo, la cual prohibía a los senadores usar togas blancas para reducir los costes del blanqueo de las telas.

En realidad este tipo de leyes eran aprobadas no porque los políticos fueran compasivos, sino porque temían que estallara una rebelión popular a gran escala que hiciera saltar por los aires los cimientos del propio imperio y con ellos los privilegios de las castas conseguidos en el proceso de “su autorrealización”.

¿Qué nos dice todo esto?, pues sencillamente que la autorrealización de algunas personas tiene poco o nada que ver con la idea de Maslow. Para aquellas mujeres consistía en hacer una ostentación pública de su poder, mezclado con vanidad, soberbia y arrogancia.

Es cierto que hay necesidades que encajan a la perfección en la propuesta de Maslow, sin embargo, la autorrealización no es una de ellas. Está más que demostrado que en muchos casos acaba convirtiéndose en otra cosa diferente, por lo tanto, muy alejada de una necesidad real. ¡Ay las necesidades!


Cuestión de límites

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